Capitulo 3 p. 4

Pero los presentes ignoraron las protestas de la caída ante la repentina tensión que la puso en pie, estresando sus profundas heridas y obsequiándole una mueca de agonía en el rostro.

Frente al asombro de todos los presentes, Janie se resitió una vez más, retorciéndose levemente, ya sin fuerzas siquiera para ofrecer alguna resistencia, pero si para mostrar su indignación.
Aquello no agradó a sus captores y un gancho voló con presteza, asiéndose a su cuello, con una advertencia.

Con un jalón en todas direcciones, forzaron a Janie a quedarse bien firme sobre sus propios pies, brazos estirados y cabeza hacia atrás, tratando de alejar su cuello del gancho que, aunque estaba tenso, imprimía suficiente fuerza para dejar una ligera cortada.

A pesar de su situación, el dolor y la presión de la tortuosa postura crucificada, Janie tenía los ojos entre abiertos pero mantenía una fiera expresión.

-¿Quiénes son estos? ¿Por qué tanto problema sólo para capturarme?-

Su voz era una débil queja, aunque Janie se esforzó en ser amenazadora, su estado sólo le permitía mantener una actitud desafiante.

La joven General Sentzu por fin llegaba a encarar a su prisionera, con paso decidido y tomándose su tiempo, disfrutando el momento con una sonrisa cruel.

La autoritaria líder llegó frente a su presa y acercando su mano derecha le tomó de la barbilla para cruzar su mirada con la de Janie.

Janie tenía los ojos desenfocados y la mandíbula apretada, tratando de resistir la tortura impuesta, en ningún momento se quejó de ello, pero su movilidad se redujo al mínimo, lidiando con el dolor lo más que podía.

– Mi nombre, ¡Mi nombre! ¿Mi nombre? Lo he olvidado… ¿Por qué esta enana puberta llega y me pregunta estupideces? ¿¡No ve la situación en que estoy!? ¿¡Acaso se burla de mí!? ¡Maldita psicópata! Sólo puedo hacer lo que se me ocurre hacer…-

– Uugh, ¡qué deforme chica! se revuelve más su cara, es una pintura sin sentido, el artista es muy malo… debe ser abstracto, Jiejieje, ¡Qué gracia!-

Fuera de sí, la prisionera enganchada a las cadenas empezó a reírse, levemente, pero el tono en el que lo hacía, sombrío y maniático puso de los nervios a los cazadores que la apresaban.
Sin embargo, para la General Sentzu aquello no era algo asombroso, inclusive sonrió aún más, compartiendo los ánimos de la retorcida risa.

Con su mano izquierda agarró el brazo contrario de Janie, con un par de ganchos clavados sin tocar la herida original, aún abierta y supurante, empapándole el brazo con su propia sangre.

Poco a poco, y sin razón aparente, Sentzu fue zafando los ganchos en el antebrazo y la mano de su víctima, hasta que el brazo cayó por completo, pálido y límpido.
Levantando aún más la cabeza de Janie para que no pudiera moverla y ver lo que hacía, tomó la herida más grande, apretando su mano alrededor de ella, hasta conseguir que la agraviada se quejara. Apretando los ojos casi tanto como su mandíbula.

Ante tal reacción, la maquiavélica joven mostró sus dientes y se dirigió a ella, viéndola de cerca a los ojos.

Guardó silencio por unos instantes y a pesar de haber tantas personas y estar en un espacio abierto, parecía sepulcral. Apenas si se escuchaban las respiraciones de los cazadores, disciplinados esperando instrucciones de su líder, quien se mantuvo oprimiendo la herida.
Inclusive, Sentzu llegó a introducir la punta de sus dedos, sólo para darle mayor efecto.

Janie se mantuvo firme, reprimiendo sus quejas, pero su respiración se volvió errática y unos terribles temblores invadieron todo su ser.

Sentzu sintió los temblores trasladándose hasta la barbilla que sostenía su propia mano y soltó una ligera risita.

La General fue benévola, soltó la presión en el brazo. Pero el efecto perduró, Janie sudaba en frío.
Setzu no estaba dispuesta a darle un descanso, por lo que sujetó la cabeza de su prisionera de la nuca y jaló, forzando el cuello a oprimirse contra el filo que le amenazaba, suficiente para que la cortada se intensificara.
Sentzu le ordenó con desprecio, pronunciando cada palabra lentamente como si hablara con alguien deficiente mental.

Con ojos desenfocados y la boca entreabierta y seca, Janie sólo acertó a decir…

Janie balbuceaba, ya no parecía ni sentir el dolor, su sonrisa retorcida y pesados ojos entrecerrados daban fe de ello.

–Ésta chica… ¿Chica? Sólo es un vórtice oscuro, succionando ojos, nariz y boca, la sonrisa crece y me succiona… Es un monstruo… Ya no puedo…-

Soltando el peso de su cuerpo, a pesar del peligro, Janie cayó en un estado de suspensión, su cabeza sintiendo la necesidad de colgar pero el gancho en su cuello la mantuvo en su lugar. Sus ojos se cerraron totalmente y su boca quedó entreabierta, denotando su inconsciencia.

Aquello no agradó a su captora, quien apretó una vez más la herida, todo lo fuerte que pudo hasta dejarle un horrible moretón. Logrando el efecto esperado, Janie volvió en sí con un grito desgarrador.

La General soltó el rostro de Janie y chasqueó sus dedos; en el acto, todos los ganchos que sujetaban a la joven se tensaron a la vez, despertándola totalmente.

-Todos mis sentidos vuelven a mí, mi cabeza flota, pero soy consciente de todo alrededor… como éste opresivo dolor que parece habitar dentro de mí… y esa burlona adolescente frente a mí.-

Sentzu pareció sorprenderse ante tal afirmación, pero eso no le quitó su actitud burlona.

Gesticuló, mostrando a todos los cazadores apostados en el perímetro, con sus armas en ristre, las mismas que amenazaban con desgarrar a Janie, quien ya no mostraba sorpresa o atención alguna. Sólo desprecio e indiferencia.

Sentzu hizo vibrar una de las cadenas con su mano, enviado una nueva oleada de dolor hacia Janie.

Sujetó con ambas manos la cabeza de la indefensa joven, tomándola desprevenida y jalándola hacia el gancho una vez más, para demostrar su punto.

– Su aliento es pútrido, me repugna pero no puedo apartarme, ¡Qué fuerza descomunal! Trataré de ignorarla, quiere matarme, ¿Qué más da?-

– Ahora me escupe en la cara, me habla como a una idiota y ¡Encima me grita! Podrás haberme atrapado, ¡Pero no soportaré tus salivazos! ¡Te los devuelvo!-

¡PTU!

De un momento a otro, todos quedaron fríos del miedo, paralizados, tratando de desvanecerse en el entorno, sin moverse ni siquiera para respirar.
El tiempo parecía congelarse y sólo se movía en la porción de saliva que volaba de la boca de Janie a la cara de Sentzu; quien no se movió, a pesar de que lo vio venir, inclusive mantuvo sus ojos fijos en los de la otra joven, desafiante.

Cuando finalmente impactó la porción de líquido viscoso, todos los cazadores comenzaron a temblar, su General impasible: su sonrisa imperturbable, su mirada echando rayos y su cachete marcado con el odio de su prisionera.
Por un segundo, los ganchos se aflojaron, los cazadores perdiendo su voluntad de pelear, de estar ahí— Deseaban salir corriendo al bosque y perderse en él y nunca ser encontrados por la civilización, o cuando menos por su General. A pesar de ello se mantuvieron en su lugar.

Al notar a su prisionera relajarse, aunque fuera por los breves segundos que les tomó a los cazadores crecer su orgullo y re-ejercer su presión, Sentzu clavó aún más su mirada en ella, como diciéndole con la mente lo mismo que expresó con su boca.

Ambas mujeres se miraron con fiereza. Janie rebelándose, aunque fuera mentalmente.

–Habré caído en sus redes, ¡Pero no cederé!-

Y Sentzu apresándola con su autoridad. Ninguna de las dos hacía ruido alguno, inclusive Janie, quien ya no se quejaba.

Durante toda la escena, la mueca burlona en el rostro de la líder permaneció inalterable, inclusive parecía crecer en intensidad y en ese instante en que todo parecía ebullir, había alcanzado su pico máximo, se deleitaba con el reto.

Pasados unos instantes, algunos garfios fueron arrancados de la piel, por la excesiva fuerza que se ejercía en ella, sus dueños aterrados, tratando de enmendar su error previo.

Actuando en consecuencia, Janie apretó sus manos en puño, algo que no había hecho hasta ese momento, pero ya no le importaba, no halló otra forma de externalizar su sufrimiento sin parecer débil.

Al cuarto gancho suelto, Janie cerró los ojos, si acaso por un instante, abriéndose de inmediato por el miedo a darle la victoria a su verdugo, pero era muy tarde, perdían enfoque y su mandíbula también comenzó a relajarse, hasta que el quinto gancho salió y ella perdió la consciencia, una vez más.
Su cuerpo esta vez no se relajó por completo, pero Sentzu lo ignoró, tomando su cabeza suelta como señal definitiva y símbolo de su victoria.

Dio una señal con su mano y los ganchos fueron destensados y retirados sin mayor daño, ya suficiente habían hecho. Con ello, la víctima cayó al suelo, cual muñeca de trapo.

Sentzu dejó su frase en el aire, sacudiendo la cabeza en negación, pero manteniendo una ligera y satisfecha sonrisa.
Se dio la vuelta, lista a retirarse, mostrando su rostro impasible y demostrando ser muy digna como para limpiar la húmeda marca de su cachete. A punto de dar el primer paso…

Jiiijiiijiii

Aunque fuera leve y débil, una risita se escuchó, por encima del silencio de aquellos cazadores que de pronto se mostraron temerosos.

La líder, intrigada, se dio la vuelta y la volvió a escuchar, esta vez más claro, mientras un par de cazadores ayudaban a Janie a ponerse en pie, con algunas cadenas enredadas bajo ella y en sus pies.

Entonces, la joven General Sentzu lo vio, y no tuvo problema en detenerlo a medio camino, era uno de esos garfios, todavía enredado en el pie de la prisionera, con el cual lo había arrojado de una patada.
A pesar de los reflejos de la cruel líder, el arma alcanzó a salpicarle sangre en su rostro, en el cachete contrario a donde le habían escupido con anterioridad.

Perpleja, Sentzu centró su atención en la cautiva, todavía con su sonrisa burlona, riéndose cada vez más y más demente, carcajadas maniacas y sus ojos desafiantes, aumentando el nerviosismo de los cazadores y provocándole escalofríos a la mujer que fracasó en imponerle un miedo similar.

Expresó Janie con sus enrojecidos dientes, su mirada ensombrecida posada sobre su verduga, todo su cuerpo colgante y ensangrentado, carente de más fuerza que la última que desplegó.

Sentzu se acercó a ella a grandes zancadas, indignada, y tirando la inmunda cuchilla ensangrentada, le propinó un poderoso puñetazo en el estómago, lo que la envió a volar lejos del agarre de sus captores, quienes estaban muy atemorizados para sujetarla bien.

Al tocar el suelo, un grupo de cazadores se dio prisa para recogerla y ponerla a salvo en una camilla, llevándosela con premura a la luz verde que desplegaba el insecto gigante.

Pero eso no bastó para la joven General Sentzu, quien elevó ambas manos en el aire frente a sí, haciendo retroceder a sus subordinados, por temor a lo que haría.
En segundos, con una luz azul que cubrió sus brazos, sacó un par de cuchillas, que parecían estar unidas a su propia carne y piel, y terminaban en una forma de garfio.

Aquello hizo retroceder a unos cuantos cazadores, mientras otros simplemente estaban muy estupefactos para moverse ante el inminente ataque de su iracunda líder, quien ya se lanzaba contra ellos, armas listas para rebanar y efectuar una masacre rampante.

De los muchos cazadores que tuvieron el desfortunio de quedarse hasta el final junto a su líder, ninguno seguía en pie cuando decidió dar fin a su ataque genocida. Alrededor de la bestial general yacía un tapete de cuerpos, cuya sangre creaba una profunda charca a sus pies y manchaba su rostro.

Todavía agitándose de furia, Sentzu dirigió una última mirada a la otra mitad de cazadores que transportaban a Janie hasta el rayo, desapareciendo en él.
Luego se limpió el rostro con la ropa de un subordinado caído y su enfurecido semblante cambió en un instante, exhibiendo la misma sonrisa cruel de antes.

Limpió luego sus armas y en otro flash luminoso color verde, volvieron a ser manos.

Con un ápice de esperanza en la voz, emprendió su camino rumbo a aquel misterioso rayo luminoso, desvaneciéndose en él también.

Habiendo absorbido a todos los vivos en su interior, el insecto alado surcó el cielo una vez más, mientras desaparecía en la lejanía, el sol metiéndose a su derecha e iluminando con sus últimos tonos anaranjados el tranquilo bosque, la majestuosa Universidad, y el baño de sangre que manchaba tan maravilloso paisaje, un testimonio fidedigno de los hechos que violaron la paz de aquél santuario olvidado.

Aquellos destellos del atardecer también revelaron algo más, al reflejare en una escurridiza superficie metálica que se desplazaba por el campo.
Al salir al último claro de luz, se reveló como un pequeño individuo humanoide, similar en proporciones a un niño de entre 10 y 13 años, pero descarnado hasta los huesos y tendones, los cuales parecían compuestos de materiales inorgánicos plásticos y metálicos, dando la desconcertante ilusión de ser un esqueleto viviente.

Observaba los campos ensangrentados, con expresión indiferente, inclusive caminando por encima de los cuerpos sin vida de los infelices cazadores víctimas de su obediente sumisión.

Ignorando completamente la mórbida escena, se agachó entre unos matorrales y recogió un libro, algo roto pero aún encuadernado.

Su voz sonaba electrónica, seca e inhumana. Lo guardó entre sus metálicos huesos y huyó corriendo con un vaivén mecánico que hacían pensar en amortiguadores y resortes hidráulicos. Así, desapareció en el interior de aquél misterioso e intrigante bosque.
La oscuridad cayó finalmente y la conmoción del día fue reemplazada por el cantar de grillos y la calma del viento nocturno soplando entre las copas de los árboles.


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Capitulo 3 p. 3

-Pierdo mucha sangre, Espero no sea una arteria… Pero qué sed tengo…-

Janie seguía corriendo, cojeando y con pesadez en su andar, pero eso no la detenía, la adrenalina podía más.
A cada nuevo entronque del camino, se detenía brevemente a mirar sus alrededores, su mirada confundida, pero en segundos se decidía y tomaba un nuevo camino, sin miedo al error que pudiera cometer.

-No recuerdo nada de este lugar, hacía años que no salía, y nunca estuve a pie.-

– ¡Caracho! Son ellos, me pisan los talones…-

Janie se ocultó tras un arbusto, haciéndose bolita para evitar sobresalir, y en ese preciso momento salieron detrás de un árbol un par de will-hunters, corriendo y mirando cada detalle, portando un arma diferente esta vez.

-¿Qué eran esos mazos negros? ¡Eran de tamaño colosal! ¡Y eran algo cómicos también! ¿Serán para mí? ¿Dolerán? ¡Qué bobadas pregunto! Mejor no averiguar…-

Los cazadores pasaron, uniendo sus voces a otras más, no muy lejos de donde Janie estaba oculta, tenía poco tiempo antes que fueran a husmear por su escondite, pero ella no lo perdería esperando.

-Recuerdo ese viejo mapa de la zona. Había un pueblo… al norte, más allá del Cuartel General Kroders, el Campo Honoris, si no ha cambiado… mmh, casi puedo verlo en mi mente.
Podré llegar si continúo… al norte… el sol está…-

De un salto, la intrépida joven salió corriendo, su pie ya no le molestaba tanto, y huía rápida cual conejo.
Sin embargo, el lugar era un laberinto de árboles y plantas crecidas y en cada vuelta había uno de esos cazadores, pisándole los talones, a lo que ella respondía evadiendo y cambiando de ruta.

-Si continúo así, me perderé de nuevo. El norte era… estaba, ¿Hacia dónde iba?-

– ¡Me han visto, están por todos lados!—

Desesperada, Janie corrió con todas sus fuerzas, tratando de ganarles ventaja, y alejarse lo más posible, como un animal enjaulado.
Su respiración se volvió elaborada, sus zancadas se tornaron en pasos pesados, y ya no corría más que dando tumbos apenas capaces de soportar su peso.

Fue cuestión de tiempo para que, de tanto huir, terminara siendo encaminada a una zona del campo donde no había árboles gruesos ni maleza espesa.
En el claro, los cazadores con los mazos pudienron acercársele lo suficiente para atacar y ella no podía esconderse más.

– Me acorralan, debo volver. Me rodean, pero ya no puedo correr, mi respiración es pesada, me siento mareada, debo huir… Vienen por mí, sus armas listas a machacarme… ¡Debo pelear!-

Olvidando su confusión y temor previos, la atrapada chica decidió responder a sus agresores, lanzándose hacia ellos.

Janie se lanzó al combate con un grito de locura que atemorizó a algunos jóvenes, y a otros instó para arreciar su ataque.
A pesar de que la superaban en número, ella no dudó en lanzar una ofensiva, se agachaba cada vez que un mazo volaba hacia ella y atacaba puntos bajos.
Cada evasión era con el más mínimo esfuerzo, no intentó maniobras complejas ni acrobacias exageradas, e inclusive aprovechaba cuando había varios a su alrededor para que ellos mismos se golpearan entre sí tras fallar un golpe.

Pese a su estilo económico, cada vez era más común que acertaran el golpe, el cual era fuerte y potente, pero no causaban lesiones serias, sólo entumecían sus músculos.

– Atacan mis puntos débiles, articulaciones, músculos blandos, mi torso. El dolor no es fatal, pero cada golpe me agota más y más…-

Era obvio el objetivo de esos expertos will-hunters, hacer que su víctima redujera sus movimientos, debilitándola gradualmente y para frustración de Janie, lo estaban consiguiendo con facilidad.

Ante tal situación desesperada, Janie no vio otra opción y cuando el siguiente golpe la alcanzó, ella no esquivó, recibió el impacto con sus brazos y se aferró al arma.

–Esta porquería es de goma, suave y dura a la vez,¡Qué vil truco!-

Haciéndose con cierto control del arma, se dejó caer hacia atrás, jalando con su peso al cazador que la sujetaba. Rodó sobre sí misma y, empleando sus piernas sobre el cuello del atacante, lo noqueó al golpearlo con brutalidad.

El usuario de aquél mazo yacía inmóvil en el suelo, inconsciente, pero su mano seguía prendida del mango, fusionados entre sí; aún así, Janie insistía en despegarlo, pero el individuo no cedía.
Por tanto, lo levantó y apoyó sobre su espalda y con su brazo fofo se puso a blandir la ligera pero densa arma, golpeando y reflectando los ataques que le llegaban a diestra y siniestra, mientras avanzaba con penosa pero segura lentitud.

Aún pese a sus limitaciones, Janie se las arregló para despejar un sendero frente a sí, de vuelta al bosque oscuro y denso.

– Cargar a éste idiota aferrado es tortuoso. ¿Qué le sucede? ¿Tanto así ama a su mugroso mazo de goma que ni en coma lo deja ir?-

– Comienzo a perder la sensación en mi brazo, si fuera diestra me preocuparía. Pero el dolor me nubla la mente…-

Estuvo a punto volver a su escondite, internarse en tierras inexploradas y aventurarse para tratar de encontrar una salida, pero se distrajo en sus pensamientos por unos instantes y eso bastó para que una lluvia de nuevos ganchos la atraparan por sorpresa, indefensa ante su propia debilidad.
Por fortuna, ella tenía al cazador inconsciente a cuestas y los ganchos se adhirieron a él.

Janie sintió el peligro inminente, más cazadores la flanquearon, tapándole el camino que segundos atrás estaba completamente libre para ella.
Al ver su desventaja táctica, trató de zafarse de su carga enganchada, pero el cazador se había abrazado fuertemente de ella.
El mazo de goma había desaparecido y en su lugar, quedó sólo el brazo humano del cazador, que se aferraba con fuerza del cuello de Janie, y le cortaba la respiración.

Fue muy tarde para ella, en un instante, se encontraba siendo arrastrada, incapaz de detener su retroceso, atrapada junto al cazador por los ganchos que sus compañeros le habían lanzado.

Pese al daño que le provocaban a su camarada, los demás will-hunters seguían con su intento de atraparla y cuando por fin lograron sacarla a campo abierto, el pobre infeliz cayó, inmóvil, inconsciente de nuevo.
Janie no tuvo tiempo para comprobar su muerte.

Otro de esos ganchos le había atrapado el brazo izquierdo, pero esta vez Janie no entró en pánico.

Furiosa, y agarrando al gancho por la cadena, jaló al mismo tiempo que daba un brinco en dirección al dueño, golpeándolo en la cara con un rodillazo.
Cuando el gancho perdió su tensión, se lo arrancó con relativamente más facilidad que el primero.

-No tan profunda, pero aun así… me comienza a afectar. ¿Cuánto me queda antes de desmayarme?-

Tambaleante e inestable, se puso en pie, su mirada pesada, pero su mente despierta, tratando de evitar sucumbir ante su condición.

–Aún no, todavía no—

Zum zum zuuum

Un seco aullido inundó el lugar, alertando a Janie, quien miró hacia arriba para encontrarse con que una lluvia de decenas de esos ganchos caía sobre ella.
Ya casi sin fuerzas para esquivarlos, se valió del tipo en el suelo para de nuevo cubrirse las espaldas, y eso apenas bastó, dándole tiempo suficiente para arrastrarse fuera del perímetro de captura.
Los cazadores fueron más lentos en retribuir sus armas y ella corrió pesadamente en dirección al bosque, su última esperanza.
Otra advertencia del cielo y Janie apenas tuvo tiempo de vislumbrar el rayo que venía por ella, recién salido de las tenazas del monstruo volador.

–De nuevo ella, ¿Qué clase de animal será? ¿Qué comerá? ¿Tendrá un nombre? ¿Me pregunto si querrá ser mi amiga? Jiejeje… Uurg, mi mente divaga…-

Con su último esfuerzo, la pobre chica pudo echarse al suelo y girar sobre su espalda fuera del alcance del rayo.
Pero estaba ya muy agotada y apenas podía levantarse, aun negándose a caer; puso todo su empeño en ello sin guardar precaución para la otra amenaza que la acechaba.

Otro furioso gancho voló hacia Janie, quien sólo pudo quedarse inmóvil, viendo indefensa cómo su propio impulso en el giro de antes llevaba su pierna en la trayectoria del cortante fierro.

El dolor la dejó inerte ante los subsecuentes ataques y ella apenas logró ponerse en pie sólo para que la siguiente oleada de ganchos la envolvieran, atrapando sus extremidades con facilidad.
No eran muchos y de hecho, parecían bien enfocados a un punto específico, músculos grandes en muslos y pantorrillas, el bícep y el antebrazo, torso enfrente y detrás; no eran puntos vitales, pero sí sensibles que la inmovilizaron por el dolor.

Cautiva como estaba, el nuevo rayo que dispararon llegó a su objetivo con facilidad.

– Cuanta ligereza, siento que vuelo, por fin me alejo de este lugar…-

El rayo la tomó y elevó del suelo lentamente, por todos los ganchos que la apresaban y frenaban su abducción; sin embargo, Janie ya no intervenía más, muy agotada para otra cosa, simplemente se dejaba llevar.

Ante la sumisión de su presa, los cazadores aflojaron la tensión en sus cadenas, confiados del éxito de su misión. La encadenada joven abrió los ojos ligeramente, intrigada por su situación.

-¿Qué es esta luz?… Se siente como… como una barrera, como… esa barrera-

Ante el asombro de todos los presentes, Janie reunió energías para dar un giro de 360° sobre sí misma, creando un remolino de ganchos a su alrededor.
Las cadenas reflejaron la luz del rayo, y por un instante, logró hacer que desapareciera, aunque el rayo volvió instantáneamente, su presa ya no estaba en rango y cayó estrepitosamente al suelo.

–Qué torpe, estaba muy arriba… Ahora sí me he roto algo, y perforado otra cosa, igual y me desgarré esto y aquello… Sólo me quedaré aquí, sin molestar a nadie, quizá sólo se aburran y se vayan…-

Yaciendo en el suelo, tiesa como cadáver y apenas respirando, Janie formaba rápidamente un charco con su sangre que empapaba el césped debajo.
Había múltiples ganchos incrustados profundamente en su piel y hasta su carne, que creaban una formación espiral y nadie parecía querer acercarse a ella.

El insecto lanzó otro rayo diferente y con él, descendió la joven de antes, la General Sentzu, su expresión cruel, pero una sonrisa contrastante en ella.
Ante su presencia, los cazadores se apresuraron a sujetar las cadenas de sus ganchos con firmeza una vez más.


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Capitulo 3 p. 2

Aquel antiguo edificio era más típico de un castillo que de una escuela, poseía multitud de gárgolas y ornamentos de tejado, adornando desde épocas inmemoriales, seguramente habiendo visto mejores tiempos.
Esos recuerdos ya olvidados, pues incrustado grotescamente en el cuerno de algo con apariencia de reptil, yacía un hombre apenas consciente de su situación, demasiado conmocionado para gritar; probablemente insensible a su propio dolor, pero capaz de sentir su predicamento, lo que lo volvía incontrolable.

Los ropajes del herido eran como los del resto de los invasores, manchados irremediablemente con su propia sangre que brotaba libremente de su herida, una que le condenaba a muerte, atravesando todo su abdomen.
Por esta razón sus compañeros que intentaban ayudarle no lograban ningún avance, y de hecho, temían hacer más que darle ánimos y calmar sus ataques de pánico.

El pobre seguía lúcido, tomando largas y entrecortadas bocanadas de aire, mientras se retorcía por el temor, escupiendo borbotones de sangre.
Pese a ello, aún tenía fuerzas para extender su mano izquierda, la que no estaba doblada en un ángulo doloroso enredada, como la derecha, en la cadena de su propia arma. Pedía ayuda, rogaba piedad a una joven que se le acercaba desde abajo del monstruo volador, a paso lento pero seguro, mofándose casi, inclusive esbozando una sonrisa macabra que oscurecía sus facciones adolescentes.

Su presencia era impositiva, pero su actitud altanera y engreída. Su ropaje era significativamente diferente, también portaba un chaleco, de corte distinto al de los demás, con un grabado que cubría su espalda y un hombro y por debajo una camiseta con mangas a tres cuartos.

La formalidad de su vestimenta se veía arruinada por el pantaloncillo corto y ancho que usaba recogido hasta las rodillas, y la hacía parecer un poco más de su edad.
Para rematar, llevaba puestos unos tenis botines abiertos para mostrar que en lugar de calcetas usaba redecillas negras cortas.

Tal apariencia no era especialmente amedrentadora, más parecía una adolescente rebelde y fachosa. Pero aun así, el hombre agonizante le mostraba un respeto digno de alguien temible, inclusive sus compañeros se echaron de rodillas, mirando con fijación al suelo y temblando.

La recién llegada no mostraba ni un ápice de simpatía, ni siquiera lástima; se apartó con actitud casual sus revoltosos cabellos azules cuyas puntas absorbían la luz en oscuridad, recogidos en dos coletas a los lados y con una pinza por detrás.

Esquivaba con la mirada al moribundo, intentando localizar algo en el suelo debajo del edificio; pero al llegar con el pobre bastardo, sus pálidos ojos rojizos, casi rosas, se posaron en él, deleitándose con la escena, mientras reflejaban alegremente el color de la sangre.

No dijo una palabra, mientras estiraba su pálida mano izquierda adornada con un escudo de antebrazo grabado con un símbolo peculiar.
Tomando al hombre por el cuello de su chaleco, jaló sin ningún miramiento, y de un solo intento lo liberó de su suplicio, para condenarlo a uno peor.
La sensación de vacío fue acompañada por cuajarones de sangre que brotaban por la boca y estómago del desahuciado, mientras su vida fluía sin control manchando el suelo bajo los pies de su torturadora.

Algunos uniformados de blanco se acercaron corriendo, pero ella no les permitió seguir avanzando, alejándolos del paciente moribundo con su mano derecha, la cual, en un destello azul, se transmutó en una espada delgada y torcida para terminar en un garfio.
Les miró con ojos bien abiertos y una mueca complacida en su boca.

Su mano volvió a la normalidad tan repentino como había cambiado, y, aún sujetando al moribundo will-hunter, la muchacha avanzó hasta el borde del tejado, arrastrándolo tras de sí.

El resignado hombre bajó la cabeza, sollozando sus últimos momentos de existencia, al tiempo que la joven lo acercaba bruscamente a la orilla por donde su propia presa había huido. Frente a la mirada de sus subordinados, la muchacha liberó la chaqueta del will-hunter, dejándolo caer a sangre fría hacia una muerte segura.

Sus compañeros esquivaron la vista, tratando de ocultar sus emociones, apretando sus puños cuando escucharon el sonido característico del impacto.

¡Thump!

La cruel joven los encaró, su expresión divertida y retadora, esperando una muestra de debilidad.
Al no tener nada más que la interesara, se apartó con un giro grácil sobre sus talones, para regresar de vuelta a donde había llegado, en dirección a la criatura insectoide.

Cada palabra llena de desprecio y severidad que hacía temblar a sus subordinados.
Posicionándose debajo de la insecto gigante, se dirigió a los demás cazadores una vez más.

Los cazadores aún arrodillados y los médicos cabizbajos respondieron al instante y con sumo respeto.

Levantando su cabeza con dignidad y disfrutando el resultado de su actuación, la llamada General fue iluminada por un haz de luz similar al que había atacado antes a Janie.
Con rapidez, se elevó del tejado, siendo succionada por una fuerza invisible. Mientras ascendía, susurró para sí misma, sonriendo con anticipación.


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Capitulo 3 p. 1

Janie aprovechó el descuido del invasor que la observaba, ahora con su instrumento de tortura destensado lo suficiente como para que ella se pusiera en pie sin lastimarse más.
Luchaba por reincorporarse tras su caída, pero el marcado cojeo en su pie derecho hacía evidente que no había salido ilesa.

Ante tal reacción, el extraño se puso en guardia una vez más, volviendo a jalar carne con su arma.
Su presa no hallaba qué hacer con el intrusivo gancho de acero que se encontraba incrustado en el bícep derecho, suficientemente tensado para darle a entender que estaba bien aferrado, y que causaría más daño ante cualquier movimiento en falso.

Por el dolor, Janie volvió a caer apoyándose en una rodilla esta vez, tratando de no ceder más control a su adversario.
Sentía su herida gotear el líquido precioso que le daba vida, pero eso sólo le preocupaba medianamente.

Su mayor preocupación yacía en aquella criatura extraña que sobrevolaba su hogar. Era una especie de insecto centípedo, con 6 alas alternando en un veloz movimiento similar a un mosquito.

Flotaba con estática suavidad sobre el edificio de la Universidad, casi al grado de que pasaría inadvertido si no se le prestara atención; de no ser por el ensordecedor y agudo zumbido que emitía, posiblemente producto del movimiento de sus alas.

Tenía un cuerpo liso y pulido brillando con los colores de un prisma difractando la luz solar, de ese modo, cualquiera que intentara observarlo por mucho tiempo terminaría enceguecido momentáneamente, como Janie comprobó por si misma.

– No soy ajena a esta criatura, es la que siempre viene por las noches. Tan cerca, su zumbido es aún más sobrecogedor, inclusive aterrador.
Aunque ya me es familiar y eso me permite sobreponerme a la sensación, ya pasado el shock inicial, me doy cuenta que no me afecta tanto como supongo debería normalmente. Todo esto es un show para amedrentarme, ¿por qué lo hacen? ¿Cuál es el objetivo de infundir tanto temor? Al menos aun puedo pensar.
Aun así, su enorme tamaño es intimidante, casi tan alto como mi Universidad.-

Alrededor de Janie, el lugar se llenaba con rapidez de mal encarados individuos que descendían del misterioso monstruo volador, empleando cables de acero, como arañas a punto de atrapar a su presa.

Todos vestían el mismo uniforme de chaleco verde, pantalones negros holgados recogidos dentro de un par de botas del mismo tono verde que alcanzaba debajo de la rodilla, como protección para manipular sus armas, usaban gruesos guantes de cuero oscuro.

Janie estaba estupefacta, estática como ellos, los invasores que sólo se limitaban a amedrentarle con su presencia. Todos armados con más ganchos de carnicero que colgaban de una cadena y que algunos lo giraban con presteza, otros lo sostenían amenazantemente, buscando cualquier excusa para usarlos.
Justo como hizo el furioso portador del gancho que seguía incrustado al brazo de Janie brazo, negándose a ceder y aferrándose aún más.

Un jalón extra con extremo prejuicio mando a la habladora peliazul en dos rodillas hacia el suelo.

– Cabrón, no soporta unos chascarrillos… pero, ¿Qué opción me queda? –

Janie gritó a nadie en específico, su mirada buscando frenéticamente por alguien que le hiciera caso, pues todos los presentes guardaban silencio, algunos sonriendo con la anticipación de un predador.

Sentía el sudor frío recorrerle todo el cuerpo, su veloz respiración y leves temblores le decían que era más que el shock de sus lesiones lo que la afectaba.

– Mi voz suena tan apagada. ¿Será éste nudo en la garganta? Tengo la boca seca. ¿Qué? ¿Esto? No son mis manos temblando… ¡Es el dolor! Sí, eso. –

Aquel silencio se vio interrumpido cuando una voz femenina incorpórea le comandó.

-¡Qué rayos! ¿Porqué la voz suena tan puberta? ¿Está burlándose de mi? Qué profesional…-

Enfocando su atención a la nave invasora, Janie intentaba encontrar con la vista el origen de aquella voz burlona, sin éxito, estaba oculta.

En su estrés mental, Janie no notaba que sus manos temblaban con nerviosismo, incapaces de decidirse entre abrirse casualmente o cerrarse en puño.
Sus dientes chocaban entre sí, como si le invadiera un tremendo frío repentino, pero cuando Janie intentó abrazarse para cubrirse los brazos desprotegidos, sintió con desagrado el jalón del gancho en su carne.

Cuando Janie sintió el dolor renovado, apretó fuertemente los dientes, frunciendo el ceño mientras forzaba sus manos a cerrarse en puños llenos de seguridad.

– ¡No es momento para dejarme llevar por el miedo! Todavía no, en esta situación debo mantener la cabeza fría, como me enseñó el viejo… ¡El libro de mi bisabuelo! ¿Dónde quedó? ¡Tengo que encontrarlo! Eso es, debo distanciarme del dolor, ¡ocuparme en algo! Pero primero, debo deshacerme de estos invasores… salvar mi universidad… ¡mi pobre maltratada universidad!-

Convocando toda su fortaleza, Janie se balanceó un poco sobre sus pies, evaluando su situación.

– No se siente tan mal, al menos puedo mover mi pie aún. Sobreviviré, si consigo huir…-

Tras comprobar que su pie lesionado aun funcionaba, la joven dio un paso hacia atrás, en dirección a donde el gancho que la apresaba estaba tensado, buscando zafarlo un poco. Pero el invasor que lo sostenía lo jaló más fuertemente, asegurándose de que se mantuviera en su lugar.
Janie se quedó quieta, evaluando la situación.
Pero sus reflexiones se vieron interrumpidas por otra intromisión de la misteriosa voz en la nave.

Le advertía con tonos burlescos, evidentemente disfrutando su absurda intervención con tal potencia en su volumen, que invadía todo el sitio, y tan aguda, que hizo a Janie taparse los oídos en desagrado.

Aún así, y pese a las amenazas, Janie no pudo evitar soltar una risita, que desconcertó a su agresor.
Distraído como estaba, apartó su vista de su víctima, sorprendido ante un rayo luminoso que bajaba del monstruoso insecto volador e iluminaba a un radio de 2 metros alrededor de Janie.

Aquella nave extraña poseía una especie de cabeza, una cúpula frontal con brillantes ventanas reflejantes, que poseía una abertura con un par de tenazas gigantes apuntando directo hacia Janie; y en medio de ellas, surgía una esfera de luz que crecía más y más, como un globo inflándose y produciendo un sonido distintivo por encima del batir de sus alas.

– Es tan brillante que casi enceguece, y ese estresante ruido… es como el cantar de una chicharra. Primero el aleteo ensordecedor, estos barbajanes con sus ganchos y ahora esto. –

Janie notó que su cuidador estaba distraído, estupefacto ante aquella visión de la luz como para prestarle atención, el gancho destensado una vez más.

Sin pensarlo más, y alertada por aquella advertencia, Janie se tiró fuera del tejado.
Corriendo con todas sus fuerzas en dirección al invasor que la tenía enganchada, el cual sólo pudo reaccionar girándose y cayéndose al suelo por el empujón que le propinó la intrépida joven.

La caída era de unos buenos 30 metros, cosa que Janie no tenía calculada, así que hizo lo único que podía en su situación. Se aferró con una mano al gancho anclado a su carne.

La enceguecedora luz de antes desapareció y tras de sí pudo escuchar un explosivo disparo y el quebrar de madera y tejas. Mientras descendía, escombros del tejado le llovían encima; pero su principal concernimiento estaba en frenar su caída lo más posible.
Sabía que tarde o temprano, el dueño del gancho caería con ella y ambos morirían embarrados en el suelo que cada vez estaba más cerca.

Ya viendo más cerca el final de su caída, Janie cerró los ojos, resignándose a lo peor.

-Esto es todo… Hasta aquí llegué… Fue interesante mientras duró.. la libertad…-

Pero el impacto nunca llegó. Al contrario, a pocos metros del suelo, el gancho se tensó. Aunque aquello terminó por desgarrar del todo el brazo de la joven, frenó su caída, y aterrizó sin tanto peligro sobre el suave terreno de pastizales.

Thump!!

Janie comenzó a reir frenéticamente, agarrándose el brazo, pero feliz de haber conseguido huir.
Siguiendo a su aterrizaje, los escombros terminaron por salpicarle, saludándola de nuevo a la realidad.

Sientiendo por fin la magnitud de su herida, Janie se cubrió el brazo, dándose cuenta de lo inútil de aquello. Había tanta sangre que no alcanzaba a distinguir la lesión y decidió dejarla en paz por el momento.

-Esto no es algo que pueda curar con un curita. Tengo que huir y encontrar un médico… o mejor un hospital, si, eso será mejor…-

Janie buscó la forma de parcharse la herida temporalmente, sin mucho éxito, y sin tiempo para improvisar algo mejor, pues una conocida voz le advirtió de la amenaza al acecho.

Sin detenerse más a esperar, la sangrante muchacha emprendió su escape, corriendo hacia el mejor sitio que pudo pensar en el momento.

–Ese bosque de ahí, el conocido Bosque del Lobo Blanco… ¡Perfecto! ¡Así los podré perder!-


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