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Historias serializadas de larga duración

Capitulo 3 p. 4

Pero los presentes ignoraron las protestas de la caída ante la repentina tensión que la puso en pie, estresando sus profundas heridas y obsequiándole una mueca de agonía en el rostro.

Frente al asombro de todos los presentes, Janie se resitió una vez más, retorciéndose levemente, ya sin fuerzas siquiera para ofrecer alguna resistencia, pero si para mostrar su indignación.
Aquello no agradó a sus captores y un gancho voló con presteza, asiéndose a su cuello, con una advertencia.

Con un jalón en todas direcciones, forzaron a Janie a quedarse bien firme sobre sus propios pies, brazos estirados y cabeza hacia atrás, tratando de alejar su cuello del gancho que, aunque estaba tenso, imprimía suficiente fuerza para dejar una ligera cortada.

A pesar de su situación, el dolor y la presión de la tortuosa postura crucificada, Janie tenía los ojos entre abiertos pero mantenía una fiera expresión.

-¿Quiénes son estos? ¿Por qué tanto problema sólo para capturarme?-

Su voz era una débil queja, aunque Janie se esforzó en ser amenazadora, su estado sólo le permitía mantener una actitud desafiante.

La joven General Sentzu por fin llegaba a encarar a su prisionera, con paso decidido y tomándose su tiempo, disfrutando el momento con una sonrisa cruel.

La autoritaria líder llegó frente a su presa y acercando su mano derecha le tomó de la barbilla para cruzar su mirada con la de Janie.

Janie tenía los ojos desenfocados y la mandíbula apretada, tratando de resistir la tortura impuesta, en ningún momento se quejó de ello, pero su movilidad se redujo al mínimo, lidiando con el dolor lo más que podía.

– Mi nombre, ¡Mi nombre! ¿Mi nombre? Lo he olvidado… ¿Por qué esta enana puberta llega y me pregunta estupideces? ¿¡No ve la situación en que estoy!? ¿¡Acaso se burla de mí!? ¡Maldita psicópata! Sólo puedo hacer lo que se me ocurre hacer…-

– Uugh, ¡qué deforme chica! se revuelve más su cara, es una pintura sin sentido, el artista es muy malo… debe ser abstracto, Jiejieje, ¡Qué gracia!-

Fuera de sí, la prisionera enganchada a las cadenas empezó a reírse, levemente, pero el tono en el que lo hacía, sombrío y maniático puso de los nervios a los cazadores que la apresaban.
Sin embargo, para la General Sentzu aquello no era algo asombroso, inclusive sonrió aún más, compartiendo los ánimos de la retorcida risa.

Con su mano izquierda agarró el brazo contrario de Janie, con un par de ganchos clavados sin tocar la herida original, aún abierta y supurante, empapándole el brazo con su propia sangre.

Poco a poco, y sin razón aparente, Sentzu fue zafando los ganchos en el antebrazo y la mano de su víctima, hasta que el brazo cayó por completo, pálido y límpido.
Levantando aún más la cabeza de Janie para que no pudiera moverla y ver lo que hacía, tomó la herida más grande, apretando su mano alrededor de ella, hasta conseguir que la agraviada se quejara. Apretando los ojos casi tanto como su mandíbula.

Ante tal reacción, la maquiavélica joven mostró sus dientes y se dirigió a ella, viéndola de cerca a los ojos.

Guardó silencio por unos instantes y a pesar de haber tantas personas y estar en un espacio abierto, parecía sepulcral. Apenas si se escuchaban las respiraciones de los cazadores, disciplinados esperando instrucciones de su líder, quien se mantuvo oprimiendo la herida.
Inclusive, Sentzu llegó a introducir la punta de sus dedos, sólo para darle mayor efecto.

Janie se mantuvo firme, reprimiendo sus quejas, pero su respiración se volvió errática y unos terribles temblores invadieron todo su ser.

Sentzu sintió los temblores trasladándose hasta la barbilla que sostenía su propia mano y soltó una ligera risita.

La General fue benévola, soltó la presión en el brazo. Pero el efecto perduró, Janie sudaba en frío.
Setzu no estaba dispuesta a darle un descanso, por lo que sujetó la cabeza de su prisionera de la nuca y jaló, forzando el cuello a oprimirse contra el filo que le amenazaba, suficiente para que la cortada se intensificara.
Sentzu le ordenó con desprecio, pronunciando cada palabra lentamente como si hablara con alguien deficiente mental.

Con ojos desenfocados y la boca entreabierta y seca, Janie sólo acertó a decir…

Janie balbuceaba, ya no parecía ni sentir el dolor, su sonrisa retorcida y pesados ojos entrecerrados daban fe de ello.

–Ésta chica… ¿Chica? Sólo es un vórtice oscuro, succionando ojos, nariz y boca, la sonrisa crece y me succiona… Es un monstruo… Ya no puedo…-

Soltando el peso de su cuerpo, a pesar del peligro, Janie cayó en un estado de suspensión, su cabeza sintiendo la necesidad de colgar pero el gancho en su cuello la mantuvo en su lugar. Sus ojos se cerraron totalmente y su boca quedó entreabierta, denotando su inconsciencia.

Aquello no agradó a su captora, quien apretó una vez más la herida, todo lo fuerte que pudo hasta dejarle un horrible moretón. Logrando el efecto esperado, Janie volvió en sí con un grito desgarrador.

La General soltó el rostro de Janie y chasqueó sus dedos; en el acto, todos los ganchos que sujetaban a la joven se tensaron a la vez, despertándola totalmente.

-Todos mis sentidos vuelven a mí, mi cabeza flota, pero soy consciente de todo alrededor… como éste opresivo dolor que parece habitar dentro de mí… y esa burlona adolescente frente a mí.-

Sentzu pareció sorprenderse ante tal afirmación, pero eso no le quitó su actitud burlona.

Gesticuló, mostrando a todos los cazadores apostados en el perímetro, con sus armas en ristre, las mismas que amenazaban con desgarrar a Janie, quien ya no mostraba sorpresa o atención alguna. Sólo desprecio e indiferencia.

Sentzu hizo vibrar una de las cadenas con su mano, enviado una nueva oleada de dolor hacia Janie.

Sujetó con ambas manos la cabeza de la indefensa joven, tomándola desprevenida y jalándola hacia el gancho una vez más, para demostrar su punto.

– Su aliento es pútrido, me repugna pero no puedo apartarme, ¡Qué fuerza descomunal! Trataré de ignorarla, quiere matarme, ¿Qué más da?-

– Ahora me escupe en la cara, me habla como a una idiota y ¡Encima me grita! Podrás haberme atrapado, ¡Pero no soportaré tus salivazos! ¡Te los devuelvo!-

¡PTU!

De un momento a otro, todos quedaron fríos del miedo, paralizados, tratando de desvanecerse en el entorno, sin moverse ni siquiera para respirar.
El tiempo parecía congelarse y sólo se movía en la porción de saliva que volaba de la boca de Janie a la cara de Sentzu; quien no se movió, a pesar de que lo vio venir, inclusive mantuvo sus ojos fijos en los de la otra joven, desafiante.

Cuando finalmente impactó la porción de líquido viscoso, todos los cazadores comenzaron a temblar, su General impasible: su sonrisa imperturbable, su mirada echando rayos y su cachete marcado con el odio de su prisionera.
Por un segundo, los ganchos se aflojaron, los cazadores perdiendo su voluntad de pelear, de estar ahí— Deseaban salir corriendo al bosque y perderse en él y nunca ser encontrados por la civilización, o cuando menos por su General. A pesar de ello se mantuvieron en su lugar.

Al notar a su prisionera relajarse, aunque fuera por los breves segundos que les tomó a los cazadores crecer su orgullo y re-ejercer su presión, Sentzu clavó aún más su mirada en ella, como diciéndole con la mente lo mismo que expresó con su boca.

Ambas mujeres se miraron con fiereza. Janie rebelándose, aunque fuera mentalmente.

–Habré caído en sus redes, ¡Pero no cederé!-

Y Sentzu apresándola con su autoridad. Ninguna de las dos hacía ruido alguno, inclusive Janie, quien ya no se quejaba.

Durante toda la escena, la mueca burlona en el rostro de la líder permaneció inalterable, inclusive parecía crecer en intensidad y en ese instante en que todo parecía ebullir, había alcanzado su pico máximo, se deleitaba con el reto.

Pasados unos instantes, algunos garfios fueron arrancados de la piel, por la excesiva fuerza que se ejercía en ella, sus dueños aterrados, tratando de enmendar su error previo.

Actuando en consecuencia, Janie apretó sus manos en puño, algo que no había hecho hasta ese momento, pero ya no le importaba, no halló otra forma de externalizar su sufrimiento sin parecer débil.

Al cuarto gancho suelto, Janie cerró los ojos, si acaso por un instante, abriéndose de inmediato por el miedo a darle la victoria a su verdugo, pero era muy tarde, perdían enfoque y su mandíbula también comenzó a relajarse, hasta que el quinto gancho salió y ella perdió la consciencia, una vez más.
Su cuerpo esta vez no se relajó por completo, pero Sentzu lo ignoró, tomando su cabeza suelta como señal definitiva y símbolo de su victoria.

Dio una señal con su mano y los ganchos fueron destensados y retirados sin mayor daño, ya suficiente habían hecho. Con ello, la víctima cayó al suelo, cual muñeca de trapo.

Sentzu dejó su frase en el aire, sacudiendo la cabeza en negación, pero manteniendo una ligera y satisfecha sonrisa.
Se dio la vuelta, lista a retirarse, mostrando su rostro impasible y demostrando ser muy digna como para limpiar la húmeda marca de su cachete. A punto de dar el primer paso…

Jiiijiiijiii

Aunque fuera leve y débil, una risita se escuchó, por encima del silencio de aquellos cazadores que de pronto se mostraron temerosos.

La líder, intrigada, se dio la vuelta y la volvió a escuchar, esta vez más claro, mientras un par de cazadores ayudaban a Janie a ponerse en pie, con algunas cadenas enredadas bajo ella y en sus pies.

Entonces, la joven General Sentzu lo vio, y no tuvo problema en detenerlo a medio camino, era uno de esos garfios, todavía enredado en el pie de la prisionera, con el cual lo había arrojado de una patada.
A pesar de los reflejos de la cruel líder, el arma alcanzó a salpicarle sangre en su rostro, en el cachete contrario a donde le habían escupido con anterioridad.

Perpleja, Sentzu centró su atención en la cautiva, todavía con su sonrisa burlona, riéndose cada vez más y más demente, carcajadas maniacas y sus ojos desafiantes, aumentando el nerviosismo de los cazadores y provocándole escalofríos a la mujer que fracasó en imponerle un miedo similar.

Expresó Janie con sus enrojecidos dientes, su mirada ensombrecida posada sobre su verduga, todo su cuerpo colgante y ensangrentado, carente de más fuerza que la última que desplegó.

Sentzu se acercó a ella a grandes zancadas, indignada, y tirando la inmunda cuchilla ensangrentada, le propinó un poderoso puñetazo en el estómago, lo que la envió a volar lejos del agarre de sus captores, quienes estaban muy atemorizados para sujetarla bien.

Al tocar el suelo, un grupo de cazadores se dio prisa para recogerla y ponerla a salvo en una camilla, llevándosela con premura a la luz verde que desplegaba el insecto gigante.

Pero eso no bastó para la joven General Sentzu, quien elevó ambas manos en el aire frente a sí, haciendo retroceder a sus subordinados, por temor a lo que haría.
En segundos, con una luz azul que cubrió sus brazos, sacó un par de cuchillas, que parecían estar unidas a su propia carne y piel, y terminaban en una forma de garfio.

Aquello hizo retroceder a unos cuantos cazadores, mientras otros simplemente estaban muy estupefactos para moverse ante el inminente ataque de su iracunda líder, quien ya se lanzaba contra ellos, armas listas para rebanar y efectuar una masacre rampante.

De los muchos cazadores que tuvieron el desfortunio de quedarse hasta el final junto a su líder, ninguno seguía en pie cuando decidió dar fin a su ataque genocida. Alrededor de la bestial general yacía un tapete de cuerpos, cuya sangre creaba una profunda charca a sus pies y manchaba su rostro.

Todavía agitándose de furia, Sentzu dirigió una última mirada a la otra mitad de cazadores que transportaban a Janie hasta el rayo, desapareciendo en él.
Luego se limpió el rostro con la ropa de un subordinado caído y su enfurecido semblante cambió en un instante, exhibiendo la misma sonrisa cruel de antes.

Limpió luego sus armas y en otro flash luminoso color verde, volvieron a ser manos.

Con un ápice de esperanza en la voz, emprendió su camino rumbo a aquel misterioso rayo luminoso, desvaneciéndose en él también.

Habiendo absorbido a todos los vivos en su interior, el insecto alado surcó el cielo una vez más, mientras desaparecía en la lejanía, el sol metiéndose a su derecha e iluminando con sus últimos tonos anaranjados el tranquilo bosque, la majestuosa Universidad, y el baño de sangre que manchaba tan maravilloso paisaje, un testimonio fidedigno de los hechos que violaron la paz de aquél santuario olvidado.

Aquellos destellos del atardecer también revelaron algo más, al reflejare en una escurridiza superficie metálica que se desplazaba por el campo.
Al salir al último claro de luz, se reveló como un pequeño individuo humanoide, similar en proporciones a un niño de entre 10 y 13 años, pero descarnado hasta los huesos y tendones, los cuales parecían compuestos de materiales inorgánicos plásticos y metálicos, dando la desconcertante ilusión de ser un esqueleto viviente.

Observaba los campos ensangrentados, con expresión indiferente, inclusive caminando por encima de los cuerpos sin vida de los infelices cazadores víctimas de su obediente sumisión.

Ignorando completamente la mórbida escena, se agachó entre unos matorrales y recogió un libro, algo roto pero aún encuadernado.

Su voz sonaba electrónica, seca e inhumana. Lo guardó entre sus metálicos huesos y huyó corriendo con un vaivén mecánico que hacían pensar en amortiguadores y resortes hidráulicos. Así, desapareció en el interior de aquél misterioso e intrigante bosque.
La oscuridad cayó finalmente y la conmoción del día fue reemplazada por el cantar de grillos y la calma del viento nocturno soplando entre las copas de los árboles.


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Capitulo 3 p. 3

-Pierdo mucha sangre, Espero no sea una arteria… Pero qué sed tengo…-

Janie seguía corriendo, cojeando y con pesadez en su andar, pero eso no la detenía, la adrenalina podía más.
A cada nuevo entronque del camino, se detenía brevemente a mirar sus alrededores, su mirada confundida, pero en segundos se decidía y tomaba un nuevo camino, sin miedo al error que pudiera cometer.

-No recuerdo nada de este lugar, hacía años que no salía, y nunca estuve a pie.-

– ¡Caracho! Son ellos, me pisan los talones…-

Janie se ocultó tras un arbusto, haciéndose bolita para evitar sobresalir, y en ese preciso momento salieron detrás de un árbol un par de will-hunters, corriendo y mirando cada detalle, portando un arma diferente esta vez.

-¿Qué eran esos mazos negros? ¡Eran de tamaño colosal! ¡Y eran algo cómicos también! ¿Serán para mí? ¿Dolerán? ¡Qué bobadas pregunto! Mejor no averiguar…-

Los cazadores pasaron, uniendo sus voces a otras más, no muy lejos de donde Janie estaba oculta, tenía poco tiempo antes que fueran a husmear por su escondite, pero ella no lo perdería esperando.

-Recuerdo ese viejo mapa de la zona. Había un pueblo… al norte, más allá del Cuartel General Kroders, el Campo Honoris, si no ha cambiado… mmh, casi puedo verlo en mi mente.
Podré llegar si continúo… al norte… el sol está…-

De un salto, la intrépida joven salió corriendo, su pie ya no le molestaba tanto, y huía rápida cual conejo.
Sin embargo, el lugar era un laberinto de árboles y plantas crecidas y en cada vuelta había uno de esos cazadores, pisándole los talones, a lo que ella respondía evadiendo y cambiando de ruta.

-Si continúo así, me perderé de nuevo. El norte era… estaba, ¿Hacia dónde iba?-

– ¡Me han visto, están por todos lados!—

Desesperada, Janie corrió con todas sus fuerzas, tratando de ganarles ventaja, y alejarse lo más posible, como un animal enjaulado.
Su respiración se volvió elaborada, sus zancadas se tornaron en pasos pesados, y ya no corría más que dando tumbos apenas capaces de soportar su peso.

Fue cuestión de tiempo para que, de tanto huir, terminara siendo encaminada a una zona del campo donde no había árboles gruesos ni maleza espesa.
En el claro, los cazadores con los mazos pudienron acercársele lo suficiente para atacar y ella no podía esconderse más.

– Me acorralan, debo volver. Me rodean, pero ya no puedo correr, mi respiración es pesada, me siento mareada, debo huir… Vienen por mí, sus armas listas a machacarme… ¡Debo pelear!-

Olvidando su confusión y temor previos, la atrapada chica decidió responder a sus agresores, lanzándose hacia ellos.

Janie se lanzó al combate con un grito de locura que atemorizó a algunos jóvenes, y a otros instó para arreciar su ataque.
A pesar de que la superaban en número, ella no dudó en lanzar una ofensiva, se agachaba cada vez que un mazo volaba hacia ella y atacaba puntos bajos.
Cada evasión era con el más mínimo esfuerzo, no intentó maniobras complejas ni acrobacias exageradas, e inclusive aprovechaba cuando había varios a su alrededor para que ellos mismos se golpearan entre sí tras fallar un golpe.

Pese a su estilo económico, cada vez era más común que acertaran el golpe, el cual era fuerte y potente, pero no causaban lesiones serias, sólo entumecían sus músculos.

– Atacan mis puntos débiles, articulaciones, músculos blandos, mi torso. El dolor no es fatal, pero cada golpe me agota más y más…-

Era obvio el objetivo de esos expertos will-hunters, hacer que su víctima redujera sus movimientos, debilitándola gradualmente y para frustración de Janie, lo estaban consiguiendo con facilidad.

Ante tal situación desesperada, Janie no vio otra opción y cuando el siguiente golpe la alcanzó, ella no esquivó, recibió el impacto con sus brazos y se aferró al arma.

–Esta porquería es de goma, suave y dura a la vez,¡Qué vil truco!-

Haciéndose con cierto control del arma, se dejó caer hacia atrás, jalando con su peso al cazador que la sujetaba. Rodó sobre sí misma y, empleando sus piernas sobre el cuello del atacante, lo noqueó al golpearlo con brutalidad.

El usuario de aquél mazo yacía inmóvil en el suelo, inconsciente, pero su mano seguía prendida del mango, fusionados entre sí; aún así, Janie insistía en despegarlo, pero el individuo no cedía.
Por tanto, lo levantó y apoyó sobre su espalda y con su brazo fofo se puso a blandir la ligera pero densa arma, golpeando y reflectando los ataques que le llegaban a diestra y siniestra, mientras avanzaba con penosa pero segura lentitud.

Aún pese a sus limitaciones, Janie se las arregló para despejar un sendero frente a sí, de vuelta al bosque oscuro y denso.

– Cargar a éste idiota aferrado es tortuoso. ¿Qué le sucede? ¿Tanto así ama a su mugroso mazo de goma que ni en coma lo deja ir?-

– Comienzo a perder la sensación en mi brazo, si fuera diestra me preocuparía. Pero el dolor me nubla la mente…-

Estuvo a punto volver a su escondite, internarse en tierras inexploradas y aventurarse para tratar de encontrar una salida, pero se distrajo en sus pensamientos por unos instantes y eso bastó para que una lluvia de nuevos ganchos la atraparan por sorpresa, indefensa ante su propia debilidad.
Por fortuna, ella tenía al cazador inconsciente a cuestas y los ganchos se adhirieron a él.

Janie sintió el peligro inminente, más cazadores la flanquearon, tapándole el camino que segundos atrás estaba completamente libre para ella.
Al ver su desventaja táctica, trató de zafarse de su carga enganchada, pero el cazador se había abrazado fuertemente de ella.
El mazo de goma había desaparecido y en su lugar, quedó sólo el brazo humano del cazador, que se aferraba con fuerza del cuello de Janie, y le cortaba la respiración.

Fue muy tarde para ella, en un instante, se encontraba siendo arrastrada, incapaz de detener su retroceso, atrapada junto al cazador por los ganchos que sus compañeros le habían lanzado.

Pese al daño que le provocaban a su camarada, los demás will-hunters seguían con su intento de atraparla y cuando por fin lograron sacarla a campo abierto, el pobre infeliz cayó, inmóvil, inconsciente de nuevo.
Janie no tuvo tiempo para comprobar su muerte.

Otro de esos ganchos le había atrapado el brazo izquierdo, pero esta vez Janie no entró en pánico.

Furiosa, y agarrando al gancho por la cadena, jaló al mismo tiempo que daba un brinco en dirección al dueño, golpeándolo en la cara con un rodillazo.
Cuando el gancho perdió su tensión, se lo arrancó con relativamente más facilidad que el primero.

-No tan profunda, pero aun así… me comienza a afectar. ¿Cuánto me queda antes de desmayarme?-

Tambaleante e inestable, se puso en pie, su mirada pesada, pero su mente despierta, tratando de evitar sucumbir ante su condición.

–Aún no, todavía no—

Zum zum zuuum

Un seco aullido inundó el lugar, alertando a Janie, quien miró hacia arriba para encontrarse con que una lluvia de decenas de esos ganchos caía sobre ella.
Ya casi sin fuerzas para esquivarlos, se valió del tipo en el suelo para de nuevo cubrirse las espaldas, y eso apenas bastó, dándole tiempo suficiente para arrastrarse fuera del perímetro de captura.
Los cazadores fueron más lentos en retribuir sus armas y ella corrió pesadamente en dirección al bosque, su última esperanza.
Otra advertencia del cielo y Janie apenas tuvo tiempo de vislumbrar el rayo que venía por ella, recién salido de las tenazas del monstruo volador.

–De nuevo ella, ¿Qué clase de animal será? ¿Qué comerá? ¿Tendrá un nombre? ¿Me pregunto si querrá ser mi amiga? Jiejeje… Uurg, mi mente divaga…-

Con su último esfuerzo, la pobre chica pudo echarse al suelo y girar sobre su espalda fuera del alcance del rayo.
Pero estaba ya muy agotada y apenas podía levantarse, aun negándose a caer; puso todo su empeño en ello sin guardar precaución para la otra amenaza que la acechaba.

Otro furioso gancho voló hacia Janie, quien sólo pudo quedarse inmóvil, viendo indefensa cómo su propio impulso en el giro de antes llevaba su pierna en la trayectoria del cortante fierro.

El dolor la dejó inerte ante los subsecuentes ataques y ella apenas logró ponerse en pie sólo para que la siguiente oleada de ganchos la envolvieran, atrapando sus extremidades con facilidad.
No eran muchos y de hecho, parecían bien enfocados a un punto específico, músculos grandes en muslos y pantorrillas, el bícep y el antebrazo, torso enfrente y detrás; no eran puntos vitales, pero sí sensibles que la inmovilizaron por el dolor.

Cautiva como estaba, el nuevo rayo que dispararon llegó a su objetivo con facilidad.

– Cuanta ligereza, siento que vuelo, por fin me alejo de este lugar…-

El rayo la tomó y elevó del suelo lentamente, por todos los ganchos que la apresaban y frenaban su abducción; sin embargo, Janie ya no intervenía más, muy agotada para otra cosa, simplemente se dejaba llevar.

Ante la sumisión de su presa, los cazadores aflojaron la tensión en sus cadenas, confiados del éxito de su misión. La encadenada joven abrió los ojos ligeramente, intrigada por su situación.

-¿Qué es esta luz?… Se siente como… como una barrera, como… esa barrera-

Ante el asombro de todos los presentes, Janie reunió energías para dar un giro de 360° sobre sí misma, creando un remolino de ganchos a su alrededor.
Las cadenas reflejaron la luz del rayo, y por un instante, logró hacer que desapareciera, aunque el rayo volvió instantáneamente, su presa ya no estaba en rango y cayó estrepitosamente al suelo.

–Qué torpe, estaba muy arriba… Ahora sí me he roto algo, y perforado otra cosa, igual y me desgarré esto y aquello… Sólo me quedaré aquí, sin molestar a nadie, quizá sólo se aburran y se vayan…-

Yaciendo en el suelo, tiesa como cadáver y apenas respirando, Janie formaba rápidamente un charco con su sangre que empapaba el césped debajo.
Había múltiples ganchos incrustados profundamente en su piel y hasta su carne, que creaban una formación espiral y nadie parecía querer acercarse a ella.

El insecto lanzó otro rayo diferente y con él, descendió la joven de antes, la General Sentzu, su expresión cruel, pero una sonrisa contrastante en ella.
Ante su presencia, los cazadores se apresuraron a sujetar las cadenas de sus ganchos con firmeza una vez más.


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Capitulo 3 p. 2

Aquel antiguo edificio era más típico de un castillo que de una escuela, poseía multitud de gárgolas y ornamentos de tejado, adornando desde épocas inmemoriales, seguramente habiendo visto mejores tiempos.
Esos recuerdos ya olvidados, pues incrustado grotescamente en el cuerno de algo con apariencia de reptil, yacía un hombre apenas consciente de su situación, demasiado conmocionado para gritar; probablemente insensible a su propio dolor, pero capaz de sentir su predicamento, lo que lo volvía incontrolable.

Los ropajes del herido eran como los del resto de los invasores, manchados irremediablemente con su propia sangre que brotaba libremente de su herida, una que le condenaba a muerte, atravesando todo su abdomen.
Por esta razón sus compañeros que intentaban ayudarle no lograban ningún avance, y de hecho, temían hacer más que darle ánimos y calmar sus ataques de pánico.

El pobre seguía lúcido, tomando largas y entrecortadas bocanadas de aire, mientras se retorcía por el temor, escupiendo borbotones de sangre.
Pese a ello, aún tenía fuerzas para extender su mano izquierda, la que no estaba doblada en un ángulo doloroso enredada, como la derecha, en la cadena de su propia arma. Pedía ayuda, rogaba piedad a una joven que se le acercaba desde abajo del monstruo volador, a paso lento pero seguro, mofándose casi, inclusive esbozando una sonrisa macabra que oscurecía sus facciones adolescentes.

Su presencia era impositiva, pero su actitud altanera y engreída. Su ropaje era significativamente diferente, también portaba un chaleco, de corte distinto al de los demás, con un grabado que cubría su espalda y un hombro y por debajo una camiseta con mangas a tres cuartos.

La formalidad de su vestimenta se veía arruinada por el pantaloncillo corto y ancho que usaba recogido hasta las rodillas, y la hacía parecer un poco más de su edad.
Para rematar, llevaba puestos unos tenis botines abiertos para mostrar que en lugar de calcetas usaba redecillas negras cortas.

Tal apariencia no era especialmente amedrentadora, más parecía una adolescente rebelde y fachosa. Pero aun así, el hombre agonizante le mostraba un respeto digno de alguien temible, inclusive sus compañeros se echaron de rodillas, mirando con fijación al suelo y temblando.

La recién llegada no mostraba ni un ápice de simpatía, ni siquiera lástima; se apartó con actitud casual sus revoltosos cabellos azules cuyas puntas absorbían la luz en oscuridad, recogidos en dos coletas a los lados y con una pinza por detrás.

Esquivaba con la mirada al moribundo, intentando localizar algo en el suelo debajo del edificio; pero al llegar con el pobre bastardo, sus pálidos ojos rojizos, casi rosas, se posaron en él, deleitándose con la escena, mientras reflejaban alegremente el color de la sangre.

No dijo una palabra, mientras estiraba su pálida mano izquierda adornada con un escudo de antebrazo grabado con un símbolo peculiar.
Tomando al hombre por el cuello de su chaleco, jaló sin ningún miramiento, y de un solo intento lo liberó de su suplicio, para condenarlo a uno peor.
La sensación de vacío fue acompañada por cuajarones de sangre que brotaban por la boca y estómago del desahuciado, mientras su vida fluía sin control manchando el suelo bajo los pies de su torturadora.

Algunos uniformados de blanco se acercaron corriendo, pero ella no les permitió seguir avanzando, alejándolos del paciente moribundo con su mano derecha, la cual, en un destello azul, se transmutó en una espada delgada y torcida para terminar en un garfio.
Les miró con ojos bien abiertos y una mueca complacida en su boca.

Su mano volvió a la normalidad tan repentino como había cambiado, y, aún sujetando al moribundo will-hunter, la muchacha avanzó hasta el borde del tejado, arrastrándolo tras de sí.

El resignado hombre bajó la cabeza, sollozando sus últimos momentos de existencia, al tiempo que la joven lo acercaba bruscamente a la orilla por donde su propia presa había huido. Frente a la mirada de sus subordinados, la muchacha liberó la chaqueta del will-hunter, dejándolo caer a sangre fría hacia una muerte segura.

Sus compañeros esquivaron la vista, tratando de ocultar sus emociones, apretando sus puños cuando escucharon el sonido característico del impacto.

¡Thump!

La cruel joven los encaró, su expresión divertida y retadora, esperando una muestra de debilidad.
Al no tener nada más que la interesara, se apartó con un giro grácil sobre sus talones, para regresar de vuelta a donde había llegado, en dirección a la criatura insectoide.

Cada palabra llena de desprecio y severidad que hacía temblar a sus subordinados.
Posicionándose debajo de la insecto gigante, se dirigió a los demás cazadores una vez más.

Los cazadores aún arrodillados y los médicos cabizbajos respondieron al instante y con sumo respeto.

Levantando su cabeza con dignidad y disfrutando el resultado de su actuación, la llamada General fue iluminada por un haz de luz similar al que había atacado antes a Janie.
Con rapidez, se elevó del tejado, siendo succionada por una fuerza invisible. Mientras ascendía, susurró para sí misma, sonriendo con anticipación.


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Capitulo 3 p. 1

Janie aprovechó el descuido del invasor que la observaba, ahora con su instrumento de tortura destensado lo suficiente como para que ella se pusiera en pie sin lastimarse más.
Luchaba por reincorporarse tras su caída, pero el marcado cojeo en su pie derecho hacía evidente que no había salido ilesa.

Ante tal reacción, el extraño se puso en guardia una vez más, volviendo a jalar carne con su arma.
Su presa no hallaba qué hacer con el intrusivo gancho de acero que se encontraba incrustado en el bícep derecho, suficientemente tensado para darle a entender que estaba bien aferrado, y que causaría más daño ante cualquier movimiento en falso.

Por el dolor, Janie volvió a caer apoyándose en una rodilla esta vez, tratando de no ceder más control a su adversario.
Sentía su herida gotear el líquido precioso que le daba vida, pero eso sólo le preocupaba medianamente.

Su mayor preocupación yacía en aquella criatura extraña que sobrevolaba su hogar. Era una especie de insecto centípedo, con 6 alas alternando en un veloz movimiento similar a un mosquito.

Flotaba con estática suavidad sobre el edificio de la Universidad, casi al grado de que pasaría inadvertido si no se le prestara atención; de no ser por el ensordecedor y agudo zumbido que emitía, posiblemente producto del movimiento de sus alas.

Tenía un cuerpo liso y pulido brillando con los colores de un prisma difractando la luz solar, de ese modo, cualquiera que intentara observarlo por mucho tiempo terminaría enceguecido momentáneamente, como Janie comprobó por si misma.

– No soy ajena a esta criatura, es la que siempre viene por las noches. Tan cerca, su zumbido es aún más sobrecogedor, inclusive aterrador.
Aunque ya me es familiar y eso me permite sobreponerme a la sensación, ya pasado el shock inicial, me doy cuenta que no me afecta tanto como supongo debería normalmente. Todo esto es un show para amedrentarme, ¿por qué lo hacen? ¿Cuál es el objetivo de infundir tanto temor? Al menos aun puedo pensar.
Aun así, su enorme tamaño es intimidante, casi tan alto como mi Universidad.-

Alrededor de Janie, el lugar se llenaba con rapidez de mal encarados individuos que descendían del misterioso monstruo volador, empleando cables de acero, como arañas a punto de atrapar a su presa.

Todos vestían el mismo uniforme de chaleco verde, pantalones negros holgados recogidos dentro de un par de botas del mismo tono verde que alcanzaba debajo de la rodilla, como protección para manipular sus armas, usaban gruesos guantes de cuero oscuro.

Janie estaba estupefacta, estática como ellos, los invasores que sólo se limitaban a amedrentarle con su presencia. Todos armados con más ganchos de carnicero que colgaban de una cadena y que algunos lo giraban con presteza, otros lo sostenían amenazantemente, buscando cualquier excusa para usarlos.
Justo como hizo el furioso portador del gancho que seguía incrustado al brazo de Janie brazo, negándose a ceder y aferrándose aún más.

Un jalón extra con extremo prejuicio mando a la habladora peliazul en dos rodillas hacia el suelo.

– Cabrón, no soporta unos chascarrillos… pero, ¿Qué opción me queda? –

Janie gritó a nadie en específico, su mirada buscando frenéticamente por alguien que le hiciera caso, pues todos los presentes guardaban silencio, algunos sonriendo con la anticipación de un predador.

Sentía el sudor frío recorrerle todo el cuerpo, su veloz respiración y leves temblores le decían que era más que el shock de sus lesiones lo que la afectaba.

– Mi voz suena tan apagada. ¿Será éste nudo en la garganta? Tengo la boca seca. ¿Qué? ¿Esto? No son mis manos temblando… ¡Es el dolor! Sí, eso. –

Aquel silencio se vio interrumpido cuando una voz femenina incorpórea le comandó.

-¡Qué rayos! ¿Porqué la voz suena tan puberta? ¿Está burlándose de mi? Qué profesional…-

Enfocando su atención a la nave invasora, Janie intentaba encontrar con la vista el origen de aquella voz burlona, sin éxito, estaba oculta.

En su estrés mental, Janie no notaba que sus manos temblaban con nerviosismo, incapaces de decidirse entre abrirse casualmente o cerrarse en puño.
Sus dientes chocaban entre sí, como si le invadiera un tremendo frío repentino, pero cuando Janie intentó abrazarse para cubrirse los brazos desprotegidos, sintió con desagrado el jalón del gancho en su carne.

Cuando Janie sintió el dolor renovado, apretó fuertemente los dientes, frunciendo el ceño mientras forzaba sus manos a cerrarse en puños llenos de seguridad.

– ¡No es momento para dejarme llevar por el miedo! Todavía no, en esta situación debo mantener la cabeza fría, como me enseñó el viejo… ¡El libro de mi bisabuelo! ¿Dónde quedó? ¡Tengo que encontrarlo! Eso es, debo distanciarme del dolor, ¡ocuparme en algo! Pero primero, debo deshacerme de estos invasores… salvar mi universidad… ¡mi pobre maltratada universidad!-

Convocando toda su fortaleza, Janie se balanceó un poco sobre sus pies, evaluando su situación.

– No se siente tan mal, al menos puedo mover mi pie aún. Sobreviviré, si consigo huir…-

Tras comprobar que su pie lesionado aun funcionaba, la joven dio un paso hacia atrás, en dirección a donde el gancho que la apresaba estaba tensado, buscando zafarlo un poco. Pero el invasor que lo sostenía lo jaló más fuertemente, asegurándose de que se mantuviera en su lugar.
Janie se quedó quieta, evaluando la situación.
Pero sus reflexiones se vieron interrumpidas por otra intromisión de la misteriosa voz en la nave.

Le advertía con tonos burlescos, evidentemente disfrutando su absurda intervención con tal potencia en su volumen, que invadía todo el sitio, y tan aguda, que hizo a Janie taparse los oídos en desagrado.

Aún así, y pese a las amenazas, Janie no pudo evitar soltar una risita, que desconcertó a su agresor.
Distraído como estaba, apartó su vista de su víctima, sorprendido ante un rayo luminoso que bajaba del monstruoso insecto volador e iluminaba a un radio de 2 metros alrededor de Janie.

Aquella nave extraña poseía una especie de cabeza, una cúpula frontal con brillantes ventanas reflejantes, que poseía una abertura con un par de tenazas gigantes apuntando directo hacia Janie; y en medio de ellas, surgía una esfera de luz que crecía más y más, como un globo inflándose y produciendo un sonido distintivo por encima del batir de sus alas.

– Es tan brillante que casi enceguece, y ese estresante ruido… es como el cantar de una chicharra. Primero el aleteo ensordecedor, estos barbajanes con sus ganchos y ahora esto. –

Janie notó que su cuidador estaba distraído, estupefacto ante aquella visión de la luz como para prestarle atención, el gancho destensado una vez más.

Sin pensarlo más, y alertada por aquella advertencia, Janie se tiró fuera del tejado.
Corriendo con todas sus fuerzas en dirección al invasor que la tenía enganchada, el cual sólo pudo reaccionar girándose y cayéndose al suelo por el empujón que le propinó la intrépida joven.

La caída era de unos buenos 30 metros, cosa que Janie no tenía calculada, así que hizo lo único que podía en su situación. Se aferró con una mano al gancho anclado a su carne.

La enceguecedora luz de antes desapareció y tras de sí pudo escuchar un explosivo disparo y el quebrar de madera y tejas. Mientras descendía, escombros del tejado le llovían encima; pero su principal concernimiento estaba en frenar su caída lo más posible.
Sabía que tarde o temprano, el dueño del gancho caería con ella y ambos morirían embarrados en el suelo que cada vez estaba más cerca.

Ya viendo más cerca el final de su caída, Janie cerró los ojos, resignándose a lo peor.

-Esto es todo… Hasta aquí llegué… Fue interesante mientras duró.. la libertad…-

Pero el impacto nunca llegó. Al contrario, a pocos metros del suelo, el gancho se tensó. Aunque aquello terminó por desgarrar del todo el brazo de la joven, frenó su caída, y aterrizó sin tanto peligro sobre el suave terreno de pastizales.

Thump!!

Janie comenzó a reir frenéticamente, agarrándose el brazo, pero feliz de haber conseguido huir.
Siguiendo a su aterrizaje, los escombros terminaron por salpicarle, saludándola de nuevo a la realidad.

Sientiendo por fin la magnitud de su herida, Janie se cubrió el brazo, dándose cuenta de lo inútil de aquello. Había tanta sangre que no alcanzaba a distinguir la lesión y decidió dejarla en paz por el momento.

-Esto no es algo que pueda curar con un curita. Tengo que huir y encontrar un médico… o mejor un hospital, si, eso será mejor…-

Janie buscó la forma de parcharse la herida temporalmente, sin mucho éxito, y sin tiempo para improvisar algo mejor, pues una conocida voz le advirtió de la amenaza al acecho.

Sin detenerse más a esperar, la sangrante muchacha emprendió su escape, corriendo hacia el mejor sitio que pudo pensar en el momento.

–Ese bosque de ahí, el conocido Bosque del Lobo Blanco… ¡Perfecto! ¡Así los podré perder!-


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Capitulo 1 p. 3

Frustrada, Janie dejó salir cuanta rabia violenta se le antojara, tomando cualquier cosa que se le cruzara el camino, para destruirlo de mil maneras y crear más caos que antes.

Cuando llegó al jardín central, aquél que albergaba tantas armas peligrosas, no se esforzó siquiera en ocultar su anticipación y el deleite que sus retorcidos pensamientos le provocaban.

Destruyó arbustos y plantas inocentes, intentó dañar los asientos de piedra y fracasó, e inclusive los mismos estantes donde las armas reposaban, destruyendo armas con más armas, un frenesí sin lógica.


Ouuf paf!

Tomó una espada larga y ancha, y con las dos manos, continuó su torbellino de destrucción por los pasillos de la Universidad, riendo con demencia.

– ¡Ah! ¡Mira cómo se cortan esos maderos viejos! Basta con una patada, y…-

– ¡Veamos qué más podemos cortar con esta hermosura!-

Convirtiendo esos años de soledad y desesperanza en una explosión de violencia incoherente, una expresión a flor de piel de la amargura que en su corazón albergaba.
Cuanto más destruía, más sonreía, más y más reía, más y más y más disfrutaba.

Yendo y viniendo entre armas y mobiliario, se encargaba de experimentar cada equipamiento, hasta que uno de los dos cedía y requería enfocar su atención en un objetivo fresco.

– Inclusive ahora, viendo cómo destruyo su precioso templo del conocimiento, estas sombras insisten en ignorarme, en considerarme baja e indigna, ni una reacción, ¡Ni siquiera una mirada! Si tiro éstos libreros ancestrales, no creo que alguien siquiera se inmute, ya que… –

– Uff, es mucha madera qué roer… veamos qué tal jalan esas bombas. Nunca fui del tipo artillero, ¡Pero qué más da! Si no intento, no sabré.-

Tomando una dañina bomba de fuego, Janie atacó el librero más alto de la gran biblioteca, provocando que su base se incendiara.
Un pequeño fuego comenzó a cobrar vida, llenando de humo el lugar, avanzando lentamente, pues aquella madera era dura de roer.

Pero en todo momento, la música que acompañaba el caos era la desquiciada risa de Janie, que cada vez sonaba más rota, más desolada, depresiva.
En medio de la devastación, Janie cayó de rodillas, mirando su obra, dándose cuenta de sus acciones. Todo alrededor de ella destruido y el fuego reclamaba más y más cuerpo de aquél ancestral librero.

Ante los ojos de la desquiciada joven, los valiosos libros, rebosantes de conocimientos ocultos y olvidados por el mundo, eran consumidos uno a uno. Sus artesanales encuadernaciones cediendo a la flama, ennegreciendo el pasado que resguardaban en su interior.
Las llamas llegaban al área donde descansaban los cómics de Janie también, más arriba sus preciados libros de historia, y así y así.
El pasado, el presente y el futuro consumiéndose por su culpa, y Janie sólo acertó a mirarse las manos en shock.

-Me siento hundir, perdida en el inmenso vacío… ¡Qué horrible sensación!-

Y mientras yacía ahí, inerte, se sentía Janie derrotada y abatida por el estado en que su amada universidad se encontraba, un pozo de desolación anidando en su interior.
Con libreros destruidos alrededor, bancos desmembrados por doquier, las paredes carcomidas y el suelo mellado. Los remanentes de una batalla perdida, una desesperada guerra interna.

Sin decir una palabra más, se puso en pie. Su mirada aún perdida en el incendio, que ya comenzaba a devorar aquellos libros añejos, invaluables testigos de la historia, mudos chamanes de la vida.

Tan rápido como sus piernas se lo permitían, Janie corrió hacia el jardín, parcialmente despojado de las poderosas armas que poco tiempo atrás ostentaba con orgullo.

Tomando unas cubetas de un rincón, la joven vertió agua en ellas, y colocándolas en los extremos de un tubo, volvió con premura a la gran biblioteca. Su cuerpo se movía mecánicamente con movimientos perfectamente coordinados, equilibrando con precisión su pesada carga.

Todo el tiempo, su mirada nunca dejó el siniestro, pero su cuerpo no necesitaba su vista para actuar, ni siquiera su permiso.

Como poseída, la joven dejó los cuencos en el suelo y con un calculado empujón de su bastón, mandó uno de ellos deslizándose por el suelo, volcándose a sí mismo al llegar a su destino.
El agua fue vertida sobre el nivel inferior del librero, evitando que continuara la expansión del fuego por debajo.

Luego, elevó el otro cuenco con un extremo del bastón, y con un rápido y experto giro del mismo, haciendo palanca con un extremo, envió hacia arriba el contenedor, totalmente recto y sin derramar una sola gota.
En esa posición ideal, le dio un certero batazo que lo mandó volando directamente al segundo y tercer nivel del librero, apagando efectivamente los libros y todo aquello que estuviera siendo consumido por las llamas.

Por fortuna, no tuvo tiempo de expandirse aún más el incendio, así que la biblioteca estaba salvada, no así esos pobres libros indefensos, que tenían una buena porción de sus cuerpos chamuscada.

Reprendió una voz masculina, tan potente como para que su eco se quedara danzando indefinidamente en las paredes antiguas y melladas de la enorme biblioteca.

La atontada Janie volvió en sí, mirando alrededor, alarmada al recordar lo sucedido. Pero al ver los drásticos cambios en la situación, no pudo evitar que la sorpresa le ganara a la pena que sentía.

Observando el frío acero que sostenía entre sus manos, cayó de rodillas una vez más.
Un audible sollozo llenó la bóveda de la gran biblioteca, interrumpido sólo momentáneamente por el estruendo del metálico tubo impactando contra el piso; las manos de la chica goteando, aún cuando no había tocado el agua en los cuencos.

– Esa voz de nuevo. Ha llegado a atosigarme… esta vez sí que me lo gané…-

Como de costumbre, Janie sostenía una conversación unilateral, abría la boca para hablar, y también para guardar silencio; mientras otra voz de tono grave y profundo más propia de un anciano, retumbaba en aquellas paredes, sincronizándose con el movimiento de los labios de la joven.

Pero el sonido no salía de su boca, estaba en todos lados y ninguno a la vez, como si las mismas piedras que conformaban el edificio estuvieran resonando con voz humana.
Al no ver a nadie más, Janie se cerró en sí misma, mirándose las manos con tremenda fijación.

– ¡Ahí está! Toda la verdad, cruda y dura. ¡Ya no puedo pretender más!-

– Iba a dejar que todo terminara…-

Poniéndose de pie, Janie levantó la mirada hacia donde la voz se concentró, y quedó atónita ante la oscura figura que apareció frente a ella, parada en mitad de la biblioteca, justo enfrente del acceso a las escaleras de caracol.

– ¿¡Una sombra!? ¡Nunca habían sido tan sólidos! Siempre eran voces incorpóreas-

Sin encarar a Janie, la figura le habló mientras subía la escalinata. Asombrada, la joven notó cómo la voz venía actualmente de la figura, apenas y sentía su propia boca moverse al tocarla con la mano para comprobar.

Sin más dudas, Janie siguió a la masa oscura que ya se había perdido escaleras arriba.

– Mi voz… su voz, suena tan extraña, en un momento es Zenny, en otros es Toughtt, y luego todos los demás… ¿Cómo es posible?-

– ¿Qué ridiculeces dice? ¡No entiendo nada!-

En su distracción, Janie se iba quedando atrás, rápidamente perdiendo de vista al espectro que la guiaba, pero su voz resonando en las paredes de la torre.

– ¡Esa bandana! ¡Es él! ¡Increíble!-

Janie, viéndose ya muy por detrás de la sombra, apenas vislumbrando un atisbo de las prendas que portaba, entre ellas, una bandana verde en la cabeza; corrió con todas sus fuerzas, intentando alcanzarle, queriendo ver más, queriendo estar con él…

En plena luz del día, aquél espectro salió del acceso de la torre rumbo al campanario sin barandal, y cuando Janie le dio alcance, fue cegada momentáneamente por el sol.
Al recobrar la vista, su misterioso acompañante ya no estaba.

Su voz cambió a una masculina, clara y segura.

Contestó esta vez una voz de mujer, dulce y musical.

Y mientras más enlistaban, las voces cambian sin repetirse.

-Tantas voces, muchas estrellas. Aunque es de día… son personas que nunca he conocido, y a la vez… si.-

– La única respuesta que recibo, es un golpeteo en el techo de madera, hay algo flojo ahí arriba-

Siguiendo el origen del ruido, Janie examinó el tejado del campanario, encontrando una puertecilla secreta, pintada del mismo color del techo para camuflarse.
A pesar de sus esfuerzos, no logró abrirla.

Expresaron las voces mezcladas entre sí, formando una sola con muchas facetas. Al mismo tiempo, la puertecilla se abrió por sí misma, dejando caer un viejo libro con las hojas amarillentas y mal encuadernadas.

-¡Un libro! ¿Esto es lo que el Güelito Tof guardaba con recelo?-

-Uh, parece un viejo diario… escrito en lenguaje del oeste… We were.. uugh, mucho qué leer.-

Mientras Janie hojeaba la reliquia leyendo superficialmente, llegó a la página final, encontrando otro tomo grapado al primero.

– ¡Es el nombre inmaduro del Güelito Thoughtt! Ruy, como yo.-

La muchacha se mofó a carcajadas del título, pero disimuladamente, y mirando a los lados, continuó leyendo.

Pero en cuanto comenzó a leer la primera página, su actitud cambió, tomando más seriedad al asunto.

-Un momento, ¿Pelos rubios de raíces negras? ¡Es como la chica en el vitral! ¡Estoy segura!-

– ¿Qué es este fuerte viento? Tan repentino… casi huracanado, no puedo… AAh!-

Un inaudito viento potente empujó a Janie contra la chispeante barrera azulada, inmovilizándola y provocando que soltara el diario, el cual cayó al vacío.

Estiró su brazo en un intento fútil de atrapar aquello que se alejaba de su alcance. Luchando por ir más allá, sin poder pasar la barrera que sólo a su desesperado grito dejó atravesar y a ella la dejaba impotente.

-La voz ya no vuelve, tampoco el libro. Y yo me quedo aquí, sola y desamparada una vez más. ¿Qué nueva luz podría traer ese libro a mi vida? ¿Qué misterios develará y podré usar a mi favor? Talvez podría saber qué sucedió y ¡porqué nadie volvió! Pero ahora… nunca lo descubriré…-

Janie yacía, una vez más, abatida contra la barrera, mirando al infinito sin poder alcanzarlo. Sus ojos se humedecían una vez más…

Un puñetazo, la barrera no cede.

Ésta vez arremete a patadas, pero sólo recibe chispas de crueldad, la barrera no cederá.

Ataca con todo su cuerpo brincando sobre la barrera.

-La desesperación de antes, el odio de la soledad, la desolación de la demencia, todo vuelve, hacen remolinos en mi cabeza… –

– Acabaré destruyendo todo y aún así, la barrera no cede, se burla de mí… sus chispas de desprecio es lo que recibo…-

– ¡No seré tu víctima ni un segundo más! ¡Podrida barrera de mierda! –

– Tal vez todo ha estado siempre en mi mente, y siempre tuve el poder, como al destruir mi hogar… ¡Sólo necesito hacerlo y así será!-

En su violento ataque, finalmente, una mano atravesó, quedándose atrapada entre la vida y la muerte.
La manía aumenta, y Janie, ignorando el peligro al que se expone, continúa luchando por superar el límite.

-¡Siempre he podido pasar ésta barrera!-

– Mi otra mano también logra pasar… siempre había tenido el poder, pero no encontraba una razón. –

– ¡Ahí va una pierna también! Prefiero morir en una caída rápida e inmediata, ¡Que en una espiral de locura lenta y angustiante!-

– Soy víctima de mí propia soledad, yo te acepté y por eso, ¡tuviste poder sobre mí!-

Atacando cada vez con más y más intensidad, ambas piernas de Janie atravesaron también, quedando atrapada e inmovilizada. Incapaz de continuar su arremetida, simplemente se balanceaba de arriba abajo, desesperada por su inhabilidad de huir.
Janie gritaba en rebeldía, con cada grito, la barrera se debilitaba, estirándose aún más y más, hasta que la joven quedó de cabeza.

Moviendo sus extremidades, intentaba separarlas y cuando eso no funcionaba, trataba de unirlas; su desesperación superando la razón.
Con un último esfuerzo, cargado con toda la voluntad que en ella había, declaró finalmente…

Y ese fue el último empujón que hacía falta. Con un audible…

¡Plop!

La fuerza invisible que la aprisionaba desapareció, sus extremidades pudiendo abrirse por completo, dándole la apariencia de una ardilla voladora intentando emprender el vuelo en mitad de una caída mortal.
Por desgracia, Janie no era ardilla voladora, y aquella no era una caída de la que pudiera salir planeando.
Intentó en vano usar su gabán de paracaídas, pero la fuerza del viento se lo arrebató de las manos, quedando sólo con su camiseta de tirantes.

Su vida había colgado de un hilo en la red que la aprisionaba, y ya sin él, nada se interponía entre ella y una muerte segura.

-El libro se ha perdido en la inmensidad de la caída… Sería un milagro que no se hubiera deshojado. Ahora que lo pienso, ¡Sería aún más milagroso si yo no muriera al caer!-

Agarrando más y más aceleración, el impacto final estaba cerca, y aun así, Janie no parecía consternada por ello.

Instintivamente, Janie tomó un objeto que no estaba ahí, lo preparó elevando sus brazos por encima de su cabeza, con sus manos unidas como si sujetaran un bastón invisible.

-Mi técnica patentada paracaídas, que volvía loco al viejo Zen… Sólo tengo que elevarlo sobre mi cabeza… Y en el momento justo… –

Muy tarde para cambiar de opinión, Janie de todos modos ejecutó la técnica. En una tremenda explosión azul, su caída se redujo de velocidad, mientras adoptaba una posición como si estuviera parada en una tabla de patinaje, deslizándose en el aire para alcanzar el suelo.

Su temerario movimiento no resultó sin consecuencias, y al detenerse contra el suelo con tremendo impacto, cayó de lado, sujetándose el tobillo derecho con agonía.
El zumbido de aquella noche hace meses regresó, invadiendo el lugar con un sonido progresivamente más estresante, hasta que finalmente, una enorme criatura flotante se posó en el cielo sobre la herida Janie.

La pobre chica sólo podía quedarse viendo con angustia el cuerpo alargado y seccionado como el de una libélula y con alas similares que se movían asíncronamente amenazando con aterrizar sobre ella.
A todo lo largo de su vientre, poseía una hilera de ojos negros que recorrían horizontalmente hasta la parte frontal, cuya cabeza se componía de dos ojos reflectantes enormes. En cada sección del cuerpo, colgaba un par de patas puntiagudas de tres articulaciones, como las de una araña, que se doblaban y extendían nerviosamente.

– No puedo evitar cubrirme los oídos, me siento indefensa ante su presencia, es atemorizante. Esas vibraciones penetran todo mi ser, retumban en mi carne, amenazan con detener mi corazón, derriten mi cerebro, ¡no lo soporto!-

Janie se acurrucó en donde estaba, en mitad del techo destrozado de la Universidad, a través del cual se alcanzaba a ver un aula por debajo.
Y a pesar del hueco que creó, casi del tamaño de su cuerpo, Ella se mantenía flotando debido a la barrera. Janie adoptó una posición fetal mientras se cubría los oídos con evidente dolor.

Janie cayó en cuenta del daño hecho a su hogar, pensamiento sobrio que la distrajo de su predicamento.

-Ok, puedo con esto… no es tan malo, sólo me tapo bien los oídos y—

Reganando algo de compostura, Janie trató de ponerse en pie para ver mejor el techo, dudando momentáneamente al notar un impedimento.

Cayendo de nuevo de rodillas, Janie observó el gancho en su brazo, siguiendo con la mirada una cadena a la que estaba unido…

–Vaya, sueno muy calmada al respecto, ¿Puede que esté en shock?-

Cuando Janie alcanzó con los ojos al dueño del cable con el gancho, el individuo, que portaba un extraño uniforme, jaló el arma, lacerando aún más el brazo de la muchacha y llevándola por el dolor hacia el suelo de nuevo.


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Capitulo 1 p. 2

Entonces, Janie tomó cuantos frutos maduros encontró, los cuales eran muy pocos, pues la mayoría de las plantas estaban marchitas e inclusive podridas.
Ni siquiera se molestó en rociarles el fertilizante como de costumbre.

Luego se dirigió al sillón de la gran biblioteca, tumbándose con todavía más brusquedad que la habitual, haciendo crujir al pobre abusado mueble, que ya tenía un par de agujeros y resortes salidos, y más polvo que antes, pues el impacto levantó una considerable nube de polvo y migajas.

Janie no se preocupaba en lo más mínimo, ella devoraba sus alimentos como enajenada. Además, dejaba caer salpicones al mueble y restos al suelo, los cuales pateaba con desdén debajo del sillón.

Así, se quedó tendida, holgazaneando y mirando las motas de polvo volar alrededor cuando golpeaba el respaldo y pateaba el descansabrazos del sofá, claramente aburrida.

Esperó un rato, sin decir una palabra, pero rompiendo el silencio con el golpeteo de su pie contra el acolchado del sofá, cada vez más y más fuerte.
Hasta que por fin, desesperada, se puso en pie, con las manos en puños a ambos lados, mirando con ira el vitral, ya iluminado con el sol matutino.

El eco de su grito fue su única respuesta y aun así, insistió.

Sus palabras reverberaban una y otra vez hacia ella, haciendo énfasis en…

Sola… sola… sola

-Aún si nadie me felicita, ¡Yo me puedo festejar sola! No es como si los necesitara a ellos, o al viejo.-

– Jugaré por la casa, brincaré en todos estos muebles, pero esto es lo que siempre hago… ¡Tengo que buscar más! Sal de la rutina. ¿Qué hay de aquellos laboratorios? Llevan mucho tiempo solos… –

Entrando por primera vez a una de esas aulas solitarias, Janie observó con deleite el desorden imperante, que le precedía a su actual locura. Se dirigió a una mesa llena de probetas con líquidos y herramental vario, para jugar descuidadamente con ello.

-Sí, eso es, mezclemos estos líquidos, calentemos ésta masa. ¿Qué pasa si agrego esto?-

Cof! Cof!

– Ok, dejemos éste laboratorio ventilarse por un rato. ¡Hay más por allá!-

– ¿Máquinas? ¿Física? Oprimamos éste botón, pongamos esto acá. ¡Ups! Se rompió… Trataré con esto por acá. Si lo hago girar…-

– Siento escalofríos, debe ser por tanta genialidad. –

Poniendo mecanismos, instrumental y tornillos de cualquier manera, Janie generó un mazacote sin utilidad aparente, ni función posible, pero miraba con satisfacción el fruto de su espontaneidad.

Janie se puso a imitar voces absurdas que le respondían, riendo ante sus propias respuestas necias.


clap clap clap

– ¡Me aplauden! ¡Me alaban!-

-¡Vaya! De pronto, todo este lugar se ha llenado de gente, yo recuerdo a ese sujeto.-

Apreciando un público ausente, Janie se acercó a un pupitre, su expresión excitada de alegría mientras veía a la nada.

Janie comenzó a brincar apoyada sobre la paleta del pupitre, pero en segundos guardó silencio y su sonrisa se redujo en intensidad.

– Ha volteado a verme, creo que me reconoce, espero no haberle asustado con mi exposición, pero qué alegría me da de ver… ¿Eh?-

– Me ha… ignorado, soy como invisible para él. ¿Y si le doy cachetadones?-

Paz paz

– ¡No funciona! Y ni se inmuta por mi agresión…-

En un patético intento por llamar la atención de una habitación vacía, Janie brincaba y gritaba por todos lados, tirando cosas al suelo, pateando pupitres y brincando sobre ellos.
Ocasionalmente, lanzaba un asiento a las ventanas, que se rompían, pero no los dejaban salir y rebotaban de vuelta al suelo, aumentando la frustración de Janie cuando veía la reacción.

– Sólo pasan de largo, cada quien en lo suyo, todos estudiando, hablando entre sí, y con los maestros…, ¡Los maestros volvieron también!-

-Nunca pensé que rogaría por más de esas clases aburridas, ¡pero no me importa! ¡Cualquier cosa me viene a bien con buena compañía!

La joven se pasaba entre los salones, de pasillo en pasillo, moviéndose frenéticamente, mirando a todos lados y a ninguno en especial, aquello parecía un juego.

Janie parecía divertirse, inclusive hablaba, conversaba con algo que sólo ella sabía, reclamaba atención y poco a poco, al no recibirla, su espíritu festivo menguó, y su semblante cambió, denotando abatimiento y amargura.

– A mi alrededor, pasan sin verme, ignorando, incluso ahora, mi existencia. Para ellos soy nadie… para mí… son todo.-

– ¿¡Un fantasma ignorado por todos!? Una voz olvidada y rechazada…-


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Capitulo 1 p. 1

En esta ocasion, les traigo un sountrack directo de Last Batallion, basado en una serie de videojuegos bullet hell (Touhou). Están de lujo… In the wake of Scarlet!

Exclamó Janie con gran alegría, brincando y bailando mientras corría enérgicamente por los pasillos.

Habiendo salido de su propia habitación, ya preparada para iniciar el día en un pantalón de mezclilla recogido bajo las rodillas, una camisa de tirantes de talla inferior a la suya y en sus manos los amados guantes personalizados.
Esta vez con la adición de un chaleco tipo gabán verde, que le llegaba hasta la cadera y volaba tras de sí al correr como lo hacía.

Llegó a una habitación diferente, entrando intempestivamente en ella, observando la escena frente a sí, el lugar relucía pulcritud y orden.
Aquello contrastaba con del resto del edificio, que parecía tener meses de descuido acumulado, polvo, hojas y hasta tierra en cada esquina, ventanas opacas y enlodadas y utensilios regados por doquier.

Pero para Janie, nada de eso importaba, ella sólo se enfocó en la cama vacía, bien tendida y silenciosa, tal como ella misma quedó al verla.

-Hoy es mi día, es especial. Retomaré mi vieja rutina de correr todas las mañanas, hasta llegar a la habitación del viejo Zen y brincar sobre su cama, justo así como hago ahora. ¡Qué divertido!.-

-Hoy es mi día, ¡es especial! Y cuando era mi día especial de celebración, le gritaba al oído mientras dormía—

Sin ningún miramiento al orden que gozaba previamente, Janie brincaba sobre la cama, gritando locuaz mientras la desacomodaba y destendía con alegría.

-Recuerdo cuando el pobre se caía de lado, y nuestras risas conjuntas se mezclaban mientras le hacía cosquillas en el suelo-

– Cumplo 20 años, el mismo día que el Güelito Tof nos dejó, en Sekuiyekin, un día frío de principio de ciclo-

Aquella habitación parecía aún ocupada, el polvo ausente, todo en su lugar y nada sobrando.
Janie no parecía apreciar nada de ello que era su propio esfuerzo en mantener la decencia en el lugar, y cuando terminó de desacomodar la cama, una sonrisa maquiavélica atravesó su rostro mientras contemplaba las posibilidades.
Sin dudarlo, se lanzó hacia el tocador impecable donde se puso a voltear portarretratos, revolver papeles y sacar prendas de sus cajones, arrojándolas donde fuera.

– ¡Vendrá por mí! y yo huiré de su venganza…-

Llegada a un jardín lateral, aislado del mundo externo por una enorme barda de ladrillos, Janie se detuvo en su frenética marcha, pensativa.

Se acercó lentamente a un grupo de piedras verticales que se alzaban sobre el césped, cuidando cada paso que daba, moviéndose con cautela respetuosa. Tomó un suspiro audible que terminó en ella sonriendo ampliamente de oreja a oreja; y rompiendo la solemnidad del rito, se puso a brincar sobre la tierra.
Se apoyaba en una lápida en cuyo epitafio se leía:

Viejo Zen, anciano y abuelo, ya no tengo a quién golpear…

-Casi lo olvidaba, esta es tu nueva cama… un vil pozo en el suelo, ya no es lo mismo brincando aquí… –

La chica detuvo su brincoteo sin sentido, alarmada.

Puso un dedo bajo su ojo y jaló su párpado, al tiempo que sacaba la lengua en una actitud de mofa. Riendo aún más, dio media vuelta y echó a correr de nuevo, gritando al aire:

Dirigiéndose a la biblioteca, todavía con el sol escondiéndose por el horizonte, Janie extendió los brazos, dando giros sin control por todo el sitio.

Se detuvo en seco, dubitativa y con la mirada enloquecida.

Luego observó sus manos, incrédula y boquiabierta.

-¿Monotonía? –

– ¿De verdad me parece monótona mi rutina diaria?-

Desviándose de su destino anterior, decidió dirigirse escaleras arriba, a la cafetería, ya llena de polvo otra vez, pero ésta vez era mayor la cantidad de pelusas, restos de comida, algunas sillas desacomodadas inclusive regadas por el suelo con mesas volteadas.

Abriendo con violencia innecesaria el refrigerador, reclamó.

Luego lo cerró con tremenda fuerza, que al pobre dejó tambaleando.
Pero Janie ni lo notó, pues ya estaba de camino al invernadero, donde entró intempestivamente, azotando las puertas de vidrio y estrellándolas.

– ¡Rayos! ¡Lo único que pido es algo de consideración! ¿Por qué he de festejarme yo sola?-

Entonces, Janie tomó cuantos frutos maduros encontró, los cuales eran muy pocos, pues la mayoría de las plantas estaban marchitas e inclusive podridas.
Ni siquiera se molestó en rociarles el fertilizante como de costumbre.

Luego se dirigió al sillón de la gran biblioteca, tumbándose con todavía más brusquedad que la habitual, haciendo crujir al pobre abusado mueble, que ya tenía un par de agujeros y resortes salidos, y más polvo que antes, pues el impacto levantó una considerable nube de polvo y migajas.

Janie no se preocupaba en lo más mínimo, ella devoraba sus alimentos como enajenada. Además, dejaba caer salpicones al mueble y restos al suelo, los cuales pateaba con desdén debajo del sillón.

Así, se quedó tendida, holgazaneando y mirando las motas de polvo volar alrededor cuando golpeaba el respaldo y pateaba el descansabrazos del sofá, claramente aburrida.


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Capitulo 0 p. 3

Tras su extraña soliloquia declaración, Janie se dirigió a través de otro pasillo hacia unas enormes puertas dobles.
Allí, accedió a un jardín central muy amplio, sin un tejado, dejando que la iluminación natural y el clima exterior.

Aquél bello lugar tenía un jardín lleno de múltiples plantas en flor, césped suave y bien cuidado, unas formaciones rocosas a modo de asientos, algunos adornos con fines de relajación, alrededor de un bello estanque de agua cristalina; y en una sección, totalmente despejada de arbustos y rocas, se encontraban alineadas un conjunto de armas diversas y aparatos de ejercicio.
Un jardín-dojo muy bien equipado y cuidado.

La muchacha se acercó a las armas, y escondida entre los estantes de lanzas, se encontraba una vieja tabla de patinaje, la cual extrajo, admirando los decorados en azul y lila, con un rayo amarillo atravesando de lado a lado.

Sus colores ya estaban deslavados, las llantas desgastadas y la madera medio corroída, pero al pararse la joven sobre la tabla, lo único frágil en ella fue su amortiguación normal, firme pero flexible como una serpiente a punto de atacar.
En ese momento, la tabla adquirió un brillo singular, parecía cobrar vida simplemente por tener alguien que la usara.

 

–Sincronizarme con una patineta, mmmh… interesante…-



 

¡Uff!
-Pía raras veces suspira de esa manera, sólo cuando es evidente que la desespero, comúnmente aguanta más mi pesadez antes de sucumbir…-




 

Janie no hablaba con desdén, pero tenía una expresión de desespero suprimido, tratando lo más posible por no ser cortante.


 

Janie continuó hablando sola por toda la mañana, trepada en aquella vieja tabla, probando trucos de skateboarding paso por paso.

Aplicaba un método extraño, pues cuando hacía un paso de la técnica aprendida, se quedaba suspendida en el aire, imposiblemente congelando el movimiento y tras pensar un rato, hablaba de nuevo, contestando más preguntas que se formulaba sola.
Algunas veces caía de la tabla, tras haber demostrado un control improbable; y otras veces, al contestar, realizaba todos los movimientos de una forma tan rápida, que parecía que el tiempo se aceleraba y desde ahí retomaba el hilo de la técnica.

Así, el sol estaba ya en su punto más alto, y la joven respondió una última pregunta, tras lo cual, realizó una compleja técnica sobre la tabla a una velocidad apenas humanamente posible y al concluirla perfectamente, exclamó:

 

Janie cayó finalmente al suelo, de forma suave, como hoja flotando al caer de la rama; y la tabla quedó junto a sus pies, por un momento destellando hasta perder un misterioso brillo que la había acompañado toda la mañana desde que la tomó.

La chica veía el cielo con una gran sonrisa en el rostro que iluminaba su mirada, sin decir una palabra. Respirando agitada fue cerrando los ojos, y susurró:

 

Así como estaba, se quedó dormida un largo rato, y cuando despertó por su estómago rugiente, el sol ya estaba bien posicionado sobre el cielo, calentando el césped alrededor de Janie.

Bbbrrr, grrrr!
 

 

Del lugar donde estaba tirada descansando, Janie se levantó de un salto, tomando entre su mano una porción de su pijama, para olfatearlo.

 

Ya sin posesiones extrañas, Janie seguía hablando sola una vez más, con su voz normal formando oraciones completas y expresando pensamientos complejos. Totalmente antinatural, pero aquello no parecía importarle nada.

Llena de ánimos, Janie corrió adentro del edificio; pasando por los interminables pasillos, mientras daba grandes y pequeños saltos, inclusive haciendo piruetas, nada la detenía.
Así, llegó a una habitación muy ordenada y bien tendida, en la cual, entre otras cosas, había un ropero antiguo, del cual extrajo un par de prendas algo gastadas y medio sucias, y las olfateó.

 

Se metió a un baño, y se escuchó agua corriente, pero no la suficiente como para ser la de la ducha.
Y sin embargo, cuando salió estaba empapada de la cabeza y cambiada de ropa a unos pants recogidos a la rodilla, tenis y una camisa de tirantes, que se encontraban igualmente humedecidas.

 

Antes de salir de la habitación, observó sus manos desnudas, y cayó en la cuenta de algo que le faltaba.
Por lo que saltó sobre la cama y tomó de un rústico buró un par de objetos negros de cuero.

 

Janie miró maliciosamente alrededor, a nadie en especial, mientras se metía en las manos un par de muñequeras modificadas, que topaban con el pulgar y quedaban como guantes largos, a la mitad del antebrazo.

 

Se mofó, imitando la voz de un hombre, presuntamente anciano.
Con todo su atuendo listo, continuó su recorrido inquieto, más allá del jardín central, al extremo contrario del enorme edificio, que prácticamente consistía de puros salones de clase, laboratorios, bibliotecas más pequeñas que la del vitral y unas escaleras a un segundo piso desconocido.

Al llegar a su destino, un edificio adjunto, con paredes de cristal, algo sucias y sólo medianamente transparentes, Janie se detuvo resbalándose en el suelo, para frenar su carrerilla.
Cuando se detuvo, se enderezó, abrió de par en par las puertas de cristal, admirando la belleza vegetal que frente a ella se desplegaba.

Una variedad de flora inundaba aquél lugar, casi al grado de parecer una selva, con unos pocos muebles perdidos en su frondosidad. Avanzó hacia un área llena de frutos de formas curiosas, tomando en el camino unos aerosoles con etiquetas variadas:

Tras haber esparcido líquidos multicolor en todas las plantas, la joven tomó un canasto y vació en él frutos con formas muy poligonales y etiquetas alfabéticas:

Tras su geométrica cosecha, Janie depositó los aerosoles en enormes contenedores rotulados de la misma forma, que tomaban un líquido misterioso del suelo, funcionando por sí mismos.

Musitó con una mueca de exagerada alegría, mientras cerraba las puertas y continuaba hasta las escaleras que pasó de largo antes, esta vez subiéndolas.
Así, llegó a un comedor cafetería, con todas las sillas recogidas excepto una. En general, se veía desolada con la barra de platillos vacía, la caja registradora apagada, varias pantallas negras sin nada qué hacer, y sobre todo se ceñía una buena cantidad de polvo y suciedad se acumulaba en los muebles y el suelo. Al ver aquello, Janie resopló.

La joven saltó al otro lado de la registradora, con su canasta llena de su contenido extraño.
Se introdujo por una puerta con ventanilla y al poco tiempo, un humito con un agradable aroma se asomó por la rendija de la misma.
Luego, el humo se oscureció, tomando un olor más fuerte.

Al poco rato, Janie salió cargando un par de platos bien servidos, guardando uno en un refrigerador que funcionaba con normalidad, y sirviéndose un líquido claro de una máquina expendedora, en apariencia apagada.

Depositó los platos que no guardó y volvió a saltar la barra, exclamando con una voz grave y nasal.

 

Se respondió a sí misma, esta vez con su voz normal, sentándose en la silla por un instante.
Se puso de pie una vez más, tomó los platillos y actuando como si fuera una mesera, comentó con una melodiosa voz dulzona.

 

Finalmente se sentó en el mismo asiento donde depositó aquel alimento multicolor.
Ya en un tono más serio, junto las manos y agachó la cabeza, exclamando en voz baja.

Cuando se disponía a engullir sus alimentos, algo atrajo su atención, llevando su mirada a un lado de la mesa.

No obtuvo respuesta, sólo el soplar del aire. Aún así, ella insistía en su silente conversación.

-Mi soledad terminó, ¿era todo de mi imaginación? El viejo nunca se fue, ¿Cómo pude pensar eso?-

Con una entusiástica mirada, Janie observó la totalidad de la cafetería, regalándole una vibrante sonrisa a la nada.

-Todo fue imaginaciones mías, nunca se fueron, ¡siempre estuvieron aquí!, los demás sólo estaban ocultos, ellos—

Janie cerró los ojos pensando y recordando, con un dedo en la barbilla, y finalmente, se encogió de hombros.

Levantando su mirada, Janie observó sus alrededores, adoptando una expresión cada vez más decepcionada.

Soltando un largo suspiro, trató de ignorar la sensación de vacío que le dejó su experiencia alucinada y se dispuso a comer por fin.

-Seguiré comiendo. Al menos ya no tengo que traer la salsa… aunque no me hubiera molestado de todos modos…-

Al terminar, Janie se ocupó en dejar todo ordenado, con el piso bien trapeado, los muebles bien encerados, todo lustroso y bien mantenido. Orgullosa de su labor, la joven hacendosa se retiró algo apesadumbrada.

Esta vez sin tanto drama ni exageración, sólo caminó hacia la gran biblioteca de antes. De un librero pequeño lleno con muchas revistas coloridas y delgadas, tomó una revista en específico cuyo nombre se repetía en varias ediciones más ‘Fiery Champiñón’.

Durante un par de horas la muchacha se la pasó leyendo número tras número de la serie, leyendo los diálogos en voz alta.

Riendo a carcajadas sin molestarse por reglas de silencio en la biblioteca, revolcándose en el cómodo sofá del área de lectura.
Conforme el sol avanzaba en el cielo, y el día menguaba, las risas y comentarios cínicos de la joven resonaban entre los largos pasillos de aquél enorme edificio.
Finalmente, las voces se detuvieron.

Observó, viendo el gran reloj en la pared contraria al vitral.
Dando un ágil salto lateral, aterrizó ligera en sus pies y avanzó hacia el mismo librero de donde tomó aquélla enorme historieta.

Entonces, Janie pasó su mano sobre una y cada una de las historietas que tenía ocultas en el mismo librero, pasando de un volumen a otro, con su mirada perdida en las historias ficticias que guardaban en sus páginas.
Sus añorantes ojos escudriñaban cada revista, se sumergió en recuerdos.

Por un instante, una apesadumbrada expresión cruzó su mirada, pero sacudiendo su cabeza, se deshizo de la idea. Salió corriendo una vez más del lugar, exclamando.

Janie volvió al mismo jardín central de antes, y se abalanzó contra el depósito de varas y lanzas, en diferentes tamaños y variedades: con puntas afiladas, con pesas en los extremos, cuchillos y espadas unidos por medio de un solo mango; cortos, largos, a dos manos y a una sola.
Todo lo necesario para practicar una gran gama de artes marciales.

Ignorando el resto de las armas y de hecho, mirándolas con desconfianza, se dispuso a practicar diversas formas y movimientos de ataque, defensa y combinados, solamente empleando varas largas sencillas.

El día avanzaba mientras Janie se dedicaba a divertirse entrenando, disfrutando la libertad y facilidad con que manejaba su arma de predilección.

Sus rutinas exigían una considerable cantidad de acrobacias diversas, mientras atacaba con fuerza y rapidez; dominando perfectamente cada variante. Inclusive cambiando el tamaño del tubo de metal que empleaba para practicar a diferentes distancias de ataque también.

Iba intercalando los movimientos con ejercicios de acondicionamiento, y en general, haciendo toda una sesión de entrenamiento digna de alguien que vive para el arte marcial.
Al cabo de un par de horas, ya se encontraba agitada y sudada, pero eso no la detuvo en tomar un par de varas cortas, de madera ésta vez; y girándolas velozmente con las muñecas, comprobó lo fácil que salía un golpe potente con sus expertos brazos.

Ésta vez, cambió su postura, manteniéndose estática, piernas separadas y rodillas flexionadas; y comenzó a hacer varios movimientos, pero se enredaba a menudo, e inclusive, se daba golpes a sí misma con sus propias armas.

Refunfuñando, buscó entre unos estantes llenos de pergaminos, libros antiguos y demás papelería amarillenta, que estaban instalados encima de las pesas.}

Declaró, al tomar un libro de encuadernación casera, que tenía escrito ‘Virgatzok para bobos, por: Zenny Ruy’.
Al leer aquél título, Janie dio un giro de ojos exagerado, sonriendo sarcásticamente.

Interrumpiendo su práctica, Janie se sentó en el suelo, observando el opaco cielo que indicaba que el atardecer se aproximaba.
Entonces, se puso a hojear un libro relativamente más nuevo que el resto de los que estaban en la estantería; y tras observar un rato las ilustraciones de personitas mal dibujadas en sus páginas, se puso en pie otra vez.

Ya sin tanta energía como antes, pero con los mismos ánimos, se puso a hacer secuencias, movimientos de combinación, giros dobles y demás, todo basándose en el libro que yacía en el suelo frente a ella.

Al final del día, con un cielo azul oscuro y grillos entrometiéndose por doquier, la chica cayó sobre una rodilla, apoyándose en sus varas cortas y respirando exhausta, declaró.

Sin embargo, eso no evitó que se tomara el tiempo para depositar las armas que tenía regadas por el suelo y el útil manual todo en su debido lugar. Sacudió los estantes, reacomodó y abrillantó las armas y observó con orgullo su trabajo.

Ya lista para retirarse a sus aposentos, Janie dio una última mirada alrededor.

Realizó una reverencia solemne y se alejó alegremente, directo a la misma habitación donde se cambió antes durante el día, para meterse al baño otra vez.

Janie ya se encontraba relajándose en una bañera enorme, más parecida a un jacuzzi escarbado en la tierra, de burbujeante agua que llenaba el ambiente de vapor. Tenía los brazos a sus lados, con un paño húmedo en su frente, dormitando.

La chica abrió los ojos, buscando alrededor, confundida.

Al salir, ya seca, se cambió a otros pijamas, similares a los que usó en la mañana, con gráficos de tigres bebé.

Decidió volver por enésima vez a la gran biblioteca para escalar el librero más alto todos en ese lugar, midiendo unas 3 veces la altura Janie, casi tan alto como el techo del lugar.
Buscó en el último anaquel, y su expresión se llenó de alegría cuando encontró lo que buscaba.

Como era su costumbre, se asió del libro y lo apretó contra su pecho, mientras alcanzaba otro tubo de tantos que andaban esparcidos en la biblioteca.

Al tener ambas manos ocupadas, no tuvo otro remedio más que dejarse caer de espaldas, girando en el aire. En caída libre, elevó el tubo sobre su cabeza, para después clavarlo en el suelo con un estruendo similar a una pequeña explosión.

Para deshacerse del impulso, puso ambos pies en la superficie del bastón, como si de una tabla de patinaje se tratara. jaló hacia sí misma el bastón y relajó las piernas, logrando deslizarse a través del estrecho espacio entre libreros para aterrizar a salvo en el suelo. Después de su acrobacia, la pobre loseta del suelo quedó abollada, justo donde el bastón penetró al impactar.

Curiosa, la joven observó sus alrededores, dándose cuenta de que el suelo parecía más un campo minado que el piso elegante de una biblioteca decente.

-Aun así, es curioso, siempre que hago esto… ¿qué serán esos destellos azules que salen de la punta? El viejo Zen nunca me supo decir qué era todo eso… en fin.-

De vuelta en el viejo sillón, la joven procedió a leer en voz alta el contenido de aquél libro.

Pero Janie no se contentaba con sólo leer, ella también actuaba las palabras, como si estuviera representando teatralmente lo que narraba.
Cambiando voces, fingiendo emociones, declamando y gesticulando con las manos usando exagerado drama, la ávida lectora se dispuso a disfrutar su representación.

Depositó el libro en una mesita junto al sofá y ella misma cayó con todo su peso, reposando mientras observaba el oscuro vitral.

Su melancólica mirada reflejaba la intensidad de su lectura, y poco a poco, perdiéndose en sus pensamientos, cerró los ojos y guardó silencio.

– ¿Una voz mental? Debe ser tímida…-

Sorprendida, Janie se sentó de golpe, mirando alrededor alertada.

– Esta voz… es diferente… pero ¿familiar? No recuerdo…-

Janie se encogió de hombros con resignación en sus palabras.

– Después de todo, no es como si no fuera un proceso natural…-

Una inexplicable ira se apoderó de Janie, quien de un salto se levantó del sofá, mirando a la nada, gritándole.

– Yo no causé esto… yo… ¿y si lo hubiera hecho? ¿Me importaría? Pero qué absurdo, no debo caer en sus juegos mentales…-

Pero tras unos instantes en silencio, Janie relajó su expresión, mirando a sus manos con cierto temor.

– Ya no contestó… ¿Fue mi imaginación? Esa voz era… como la de él….-

Finalmente, posó su mirada en el viejo vitral, poniendo especial atención al joven de la bandana verde, como si esperara que saliera de la imagen y le hablara.
Pero nada pasó, por lo que Janie, sacudió su cabeza, frotó sus ojos y decidió retirarse por la puerta donde siempre entraba.

Tras subir a tomar su cena, el platillo en el refrigerador, la chica decidió un último destino antes de dormir y tomó la ruta de una escalera de caracol muy larga que ascendía por una especie de torre.

Aunque en el camino no encendió ninguna luz, no las ocupaba, pues esas escaleras tenían una iluminación única procedente de las paredes del lugar, que brillaban un color verde chillón.

A mitad de camino, la chica se detuvo.
Intrigada, miró tras de sí, sólo para encontrarse que estaba absoluta e irremediablemente sola.
Una vez más se encogió de hombros, y decidió continuar sin volver a distraerse.

Frustrada, Janie golpeó una pared con toda la fuerza del dorso de su puño.

Al final de la escalinata, Janie llegó a un campanario estrecho con apenas suficiente espacio para una persona, y totalmente inseguro por la ausencia de un barandal adecuado para evitar suicidios.

Continuando su avance, la joven se abalanzó peligrosamente contra la orilla, sin ningún miramiento hacia su seguridad personal.

Llegada al borde, simplemente se dejó caer, en actitud suicida.

Llevada por su propio peso, Janie cayó al vacío, pero algo detuvo su avance.
Una especie de red invisible formando una barrera, que chispeaba al contacto, la detuvo de caer hacia una muerte segura, dejándola rebotar un rato hasta deshacerse del impulso.

Sus vidriosos ojos se perdieron en la inmensidad del bello bosque, que se abría paso alrededor de aquél enorme castillo.

Tras guardar silencio un largo rato, finalmente pudo relajarse en la fuerza invisible que la sostenía, cayendo en cuenta de la belleza del paisaje que la rodeaba.
Encantada por la vista, la joven abrió sus brazos, y se quedó ahí recargada, disfrutando el viento fresco que soplaba, calmando su ánimo.

Extendiéndose totalmente sobre aquella barrera de seguridad invisible, el cuerpo de Janie se volvió laxo, relajándose por completo, olvidándose de su estrés.


-Un momento… esa voz, pero ahora suena más similar a la de él.-

-No responde, de nuevo, sólo habla cuando quiere ser filosófico… ¡Nunca una respuesta directa!. He estado oyendo ésta voz desde aquella mañana hace tres días… cuando ya no despertó el viejo… ¿Qué significará?-

Janie volvió a lanzar un puñetazo, esta vez a la muralla invisible, donde su golpe fue absorbido y rebotado, frustrándola aún más.

-Las puertas tapiadas desde afuera, las ventanas bloqueadas, todo aquí encerrado con este condón mágico-

– Sí, vivir con miedo es una tontería. Si muero, muero y ya, no hay más qué lamentar… incluso puede ser mejor… que esto-

Perdida en sus pensamientos, Janie rió sin humor en la noche silenciosa, sus carcajadas irrumpiendo la oscura quietud.
Hasta que un extraño zumbido interrumpió su propio sonido de locura, alertándola ligeramente y llevándola a buscar con la mirada el origen de aquello, sin mucho interés.

Encima del enorme edificio de la universidad, una extraña y enorme criatura, oculta por las sombras nocturnas surcaba el espacio aéreo, volando lentamente como si buscara y acechara el lugar.

Soltando un largo suspiro, la chica se volteó en su lugar, recostándose confortablemente en la barrera invisible, aprovechándola para descansar.

– No tiene caso, pregunto al cielo y las estrellas, cada cual habla a su propio ritmo, diferentes voces se mezclan, pero ninguno me contesta a mi… Sus ecos me confunden… ¿Sería aquél el viejo Zen? ¿O el Güelito Tof? ¿O quizá un impostor?-

Desesperada, la chica se agitó en su lugar, suspendida en el aire, golpeando con sus codos y puños, sacando más chispas y estirando la barrera, hasta quedar en una posición casi horizontal, pero aun así, no logró traspasarla.

Después de un rato de lucha inútil, Janie cerró los ojos y se entregó a sus sueños imposibles.


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Capitulo 0 p. 2

Vagabundeando por un pasillo amplio, iba una joven en pijamas sencillos con dibujos de gatitos, balanceándose de manera cómica de un lado a otro; su camisa de talla menor mostrando su ombligo mientras daba pasos largos que mostraban la flexibilidad del pants bombacho que portaba encima de sus descalzos pies.
Aquél edificio de apariencia antigua tenía amplios tejados donde bien cabría la alta y muscular muchacha tres veces si ella y un par de clones se treparan sobre los hombros entre sí.
Cada rincón del pasillo relucía de pulcritud y orden y cada ventana deslumbraba de su limpieza, tan claras que ni parecían tener cristal.
Cerca de una enorme puerta doble detrás de la muchacha, se encontraban algunos suplementos de limpieza tirados de cualquier manera, todavía chorreando algún líquido jabonoso.

Ya se escuchaba el típico cantar de las aves en el exterior, pronosticando que el amanecer estaba próximo; y aun así, la iluminación interior, dada por unos tubos de vidrio brillantes pegados al techo, mantenía el espacio suficientemente alumbrado como para que no importara la oscuridad de la madrugada.

La joven iba muy animosa, en una mano mantenía abierto un libro, grueso y pesado, cuyas amarillentas páginas ya tenían las orillas ennegrecidas como sus propios dedos.
Era del mismo color del polvo que cubría el tubo de acero que sostenía en su otra mano, que poseía las puntas selladas por medio de tapones de goma negros; y el medio del cuerpo, marcando el centro de gravedad, rodeado con cinta adhesiva negra.

Arrastraba el pesado objeto mientras sus curiosos ojos, de un café tan anaranjado que más parecía sepia, escudriñaban el libro y murmuraba para sí misma.

Así, al terminar de leer un párrafo, lo repetía para sí misma, cerrando el enorme tomo y abrazándolo, mientras realizaba movimientos con su tubo; figuras ocho crecientes y menguantes, golpes circulares laterales y de sube y baja, entre otros que se pudiesen realizar a una sola mano, pues en ningún momento soltaba su apreciado libro.

Ya llegaba al final del largo pasillo, a ambos lados del recorrido cubierto de múltiples puertas, todas abiertas que dejaban entrever salones con bancos y pupitres abandonados, empolvados y desacomodados, y en el suelo objetos escolares tirados sin cuidado.

Pero para la chica eso no era de ningún interés, pues su destino era la puerta justo al final de ese pasillo, la cual llevaba a una enorme biblioteca de acceso libre, llena de cabo a rabo con altos y anchos libreros retacados de libros de todo tipo, pequeños, grandes, gordos y delgados, en todos colores y variedades de cubiertas.

Siguiendo su camino, la joven adoptó una postura de anticipación, doblando una rodilla y extendiendo su otra pierna, para reposar el tubo en su espalda paralelo a su columna.
Finalmente, realizó un salto giratorio hacia atrás, aterrizar sobre el suelo golpeando con el bastón e impulsándose para continuar el movimiento y apoyar su pie en el segundo estante de un librero cercano, e impulsarse a sí misma hacia arriba.

A su vez, su otro pie hizo lo mismo en un estante superior de otro librero justo frente al primero, potenciando aún más su salto y ayudándola a llegar a la cima del librero de mediana altura.

La joven aterrizó de espaldas sobre el antiguo mueble, pero removiendo una gran cantidad de polvo sobre él que la hizo toser al instante

Cof! Cof!

Justo del lado donde colocó su cabeza, la joven podía visualizar con facilidad un gran ventanal ubicado en la parte superior de la pared frontal de la gran biblioteca, encarándola con una sonrisa enorme en el rostro.
Depositó sus objetos a un lado de sí misma y continuó leyendo, reposando su cabeza sobre el par de trenzas que tenía en su cabello unidas por detrás, mirando hacia el techo, pensativa.

Luego elevó el libro sobre su cabeza, leyendo el título ‘Historia de la Reconstrucción’ en voz baja.

El cabello negro de la joven brilló con tonos azulados ante la luz que recién se filtraba por el vitral, mientras el resto del dibujo vitrificado se alumbraba con los rosados tonos del amanecer.
Aquella imagen resultó ser una representación pictórica de ocho personas muy curiosas, y encima de ellos se podía leer el título ‘Universidad del pensamiento’.

La composición consistía de una sonriente rubia de puntas y raíces negras con una gabardina verde tres tallas más grande que ella y sosteniendo un tubo blanco y negro con un cubo en cada extremo.

Detrás de ella, a la derecha se encontraba un joven misterioso, con una bandana verde sobre su azulado pelambre y unas vendas que cubrían la mitad de su rostro, dejando entrever solamente un par de despiertos ojos rojizos, un poco más claros que aquellos de la joven que observaba felizmente el retrato.

Continuando por esa dirección, estaba representada una enfurruñada pelirroja con gafas y un chaleco morado. En el espacio central estaba una jovencita de piel trigueña y cabello negro tan oscuro que ni la luz mañanera lo iluminaba y cuyo flequillo le tapaba un ojo, en su frente portaba una banda con una pluma azul encajada por un lado; sostenía una tabla de patinaje color rosado fuerte sobre sus hombros.

A la izquierda de la patinadora, estaba parado un confianzudo vaquero pistolero de mirada astuta, con una pajita entre sus dientes, portando un sombrero vaquero sobre su agitado cabello castaño.

La parte de atrás estaba dominada por dos gigantes individuos, a la izquierda un peludo y canoso forzudo con su sonrisa plagada de colmillos y adornada por una barba desalineada; y a la derecha un enorme hombre de tez oscura y ojos entrecerrados, sonriendo apaciblemente, con su brillante calva contrastando con unas patillas simpáticas.

El octavo miembro era un ser curioso que más parecía una mano amputada a la que se le habían dibujado unos ojos simpáticos y una sonrisa retorcida; pero era parte de un grupo lleno de gente no muy normal, así que no desentonaba del todo.

La enorme habitación se iluminó por completo y automáticamente las luces artificiales se apagaron. Cuando intentaba retomar su lectura, su propia voz la interrumpió.

Velozmente, se sentó, recargando el libro en su regazo, y volteó a ver el vitral de nuevo, pero con una mirada de asombro.

-Me habla esa voz femenina tan familiar, puntual con el amanecer y sincronizada con la imagen iluminada de quien ella misma me ha dicho, se llama Pía, la joven de pelo negro y banda, con una extraña predilección por el lila-

La joven, Janie, hablaba sola, respondiéndole, o mejor dicho, rezongándole a un interlocutor que sólo ella veía y respondía con su propia boca, pero voz ajena.

-Pía siempre ha sido muy maternal conmigo, pero sin dejar de lado su firmeza de carácter, una interesante dulzura autoritaria.-

– La otra voz, su respectiva figura en el vitral se ha oscurecido, ese hombre…-

– Antu, el vaquero seso hueco, su ruda expresión bajo ese sombrero sólo me dan a pensar que se cree el muy duro. Siempre me armo de palabras con éste, ¡es divertido!…-

Janie hacía varios ademanes exagerados mientras conversaba en soledad, como si su interlocutor pudiera verla y ella tratara de hacerlo reír, o mínimo burlarse de él, sin darse cuenta que la broma se gastaba en sí misma.




Sin pensar las consecuencias, Janie llevó ambas manos a su cuello en un intento de ahorcarse a sí misma con furia ciega, e inclusive parecía estar asfixiándose de verdad.
Su arrebato de locura duró sólo unos segundos, hasta que habló con la voz femenina, interrumpiéndose.

Tan repentino como las manos subieron al cuello, así mismo bajaron detrás de la espalda y para rematar, Janie se sentó sobre ellas.






– El vaquero bocazas no vuelve a irrumpir, se creerá el muy macho, pero la verdad es otra cuando tiene que lidiar con ésta dama-






Janie se recostó como se había ordenado, cerrando los ojos y depositando el libro de historia a un lado de su inerte tubo.
Sin embargo, ella no descansaba, pues sus pláticas en solitario continuaban.

-¡Rayos! Pía comenzó por una difícil, aún no he llegado a eso…-

– Mi patético intento de hacer trampa, supongo, bueno, ¡Ella se lo buscó! –





– Oh, ¡Rayos!, otra que no me sé… ¿Qué me invento?-


Sin preparación para ello, Janie se abalanzó contra el borde del librero, balanceándose imposiblemente con la mitad del cuerpo al aire y la otra como apoyo en el mueble.


– Ni siquiera me dio tiempo para inventarme una mentira, pero es muy tarde ahora, porque su juego, ha comenzado…-

Y así como se orilló, también se dejó caer, sin mover un solo músculo para evitarlo, sólo provocarlo. La chica cayó fuertemente contra el duro suelo, quejándose de su propia acción.




Janie se puso en pie, como hipnotizada, riéndose maníaticamente. Se puso a caminar moviéndose como robot, y pronto estaba corriendo directo a una pared, imprudentemente golpeándose contra ella.

– Detesto cuando hace esto, pierdo el control y me siento ajena a mí misma, como si sólo fuera una espectadora. La peor parte, es que soy yo quien siente los duros golpes… ¡Y el desgraciado sólo se ríe! –

Sobándose por el duro impacto, la golpeada joven luchó por levantarse, oponiéndose a una fuerza invisible, que la trataba de mantener en el suelo.
Finalmente, logró superar aquella limitación, gritando triunfante, al tiempo que hacía un bailecito de victoria.

Pero su festejo duró poco, porque a los pocos segundos, ya estaba caminando como poseída de nuevo, claramente oponiéndose al movimiento de su propio cuerpo.

– Ante el exorcismo de Pía, la presencia mal intencionada de Antu deja mi ser, y ésta vez me invade una calidez que me da seguridad. Pía siempre ha tenido más influencia que él.-



-Ah, al menos puedo contar con que siempre me llevaré bien con Pía.-







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Freedom Wills Books

La historia de una chica perdida en un mundo que no comprende, con ansias de cambiarlo para cumplir sus sueños. La acompañará una serie de amigos, rivales y enemigos, cada uno con su propia agenda por cumplir. Sólo no olvides, la Gran Madre nos ama a todos…