Capitulo 0 p. 1

Vagabundeando por un pasillo amplio, iba una joven en pijamas sencillos con dibujos de gatitos, balanceándose de manera cómica de un lado a otro; su camisa de talla menor mostrando su ombligo mientras daba pasos largos que mostraban la flexibilidad del pants bombacho que portaba encima de sus descalzos pies.
Aquél edificio de apariencia antigua tenía amplios tejados donde bien cabría la alta y muscular muchacha tres veces si ella y un par de clones se treparan sobre los hombros entre sí.
Cada rincón del pasillo relucía de pulcritud y orden y cada ventana deslumbraba de su limpieza, tan claras que ni parecían tener cristal.
Cerca de una enorme puerta doble detrás de la muchacha, se encontraban algunos suplementos de limpieza tirados de cualquier manera, todavía chorreando algún líquido jabonoso.

Ya se escuchaba el típico cantar de las aves en el exterior, pronosticando que el amanecer estaba próximo; y aun así, la iluminación interior, dada por unos tubos de vidrio brillantes pegados al techo, mantenía el espacio suficientemente alumbrado como para que no importara la oscuridad de la madrugada.

La joven iba muy animosa, en una mano mantenía abierto un libro, grueso y pesado, cuyas amarillentas páginas ya tenían las orillas ennegrecidas como sus propios dedos.
Era del mismo color del polvo que cubría el tubo de acero que sostenía en su otra mano, que poseía las puntas selladas por medio de tapones de goma negros; y el medio del cuerpo, marcando el centro de gravedad, rodeado con cinta adhesiva negra.

Arrastraba el pesado objeto mientras sus curiosos ojos, de un café tan anaranjado que más parecía sepia, escudriñaban el libro y murmuraba para sí misma.

Así, al terminar de leer un párrafo, lo repetía para sí misma, cerrando el enorme tomo y abrazándolo, mientras realizaba movimientos con su tubo; figuras ocho crecientes y menguantes, golpes circulares laterales y de sube y baja, entre otros que se pudiesen realizar a una sola mano, pues en ningún momento soltaba su apreciado libro.

Ya llegaba al final del largo pasillo, a ambos lados del recorrido cubierto de múltiples puertas, todas abiertas que dejaban entrever salones con bancos y pupitres abandonados, empolvados y desacomodados, y en el suelo objetos escolares tirados sin cuidado.

Pero para la chica eso no era de ningún interés, pues su destino era la puerta justo al final de ese pasillo, la cual llevaba a una enorme biblioteca de acceso libre, llena de cabo a rabo con altos y anchos libreros retacados de libros de todo tipo, pequeños, grandes, gordos y delgados, en todos colores y variedades de cubiertas.

Siguiendo su camino, la joven adoptó una postura de anticipación, doblando una rodilla y extendiendo su otra pierna, para reposar el tubo en su espalda paralelo a su columna.
Finalmente, realizó un salto giratorio hacia atrás, aterrizar sobre el suelo golpeando con el bastón e impulsándose para continuar el movimiento y apoyar su pie en el segundo estante de un librero cercano, e impulsarse a sí misma hacia arriba.

A su vez, su otro pie hizo lo mismo en un estante superior de otro librero justo frente al primero, potenciando aún más su salto y ayudándola a llegar a la cima del librero de mediana altura.

La joven aterrizó de espaldas sobre el antiguo mueble, pero removiendo una gran cantidad de polvo sobre él que la hizo toser al instante

Cof! Cof!

Justo del lado donde colocó su cabeza, la joven podía visualizar con facilidad un gran ventanal ubicado en la parte superior de la pared frontal de la gran biblioteca, encarándola con una sonrisa enorme en el rostro.
Depositó sus objetos a un lado de sí misma y continuó leyendo, reposando su cabeza sobre el par de trenzas que tenía en su cabello unidas por detrás, mirando hacia el techo, pensativa.

Luego elevó el libro sobre su cabeza, leyendo el título ‘Historia de la Reconstrucción’ en voz baja.

El cabello negro de la joven brilló con tonos azulados ante la luz que recién se filtraba por el vitral, mientras el resto del dibujo vitrificado se alumbraba con los rosados tonos del amanecer.
Aquella imagen resultó ser una representación pictórica de ocho personas muy curiosas, y encima de ellos se podía leer el título ‘Universidad del pensamiento’.

La composición consistía de una sonriente rubia de puntas y raíces negras con una gabardina verde tres tallas más grande que ella y sosteniendo un tubo blanco y negro con un cubo en cada extremo.

Detrás de ella, a la derecha se encontraba un joven misterioso, con una bandana verde sobre su azulado pelambre y unas vendas que cubrían la mitad de su rostro, dejando entrever solamente un par de despiertos ojos rojizos, un poco más claros que aquellos de la joven que observaba felizmente el retrato.

Continuando por esa dirección, estaba representada una enfurruñada pelirroja con gafas y un chaleco morado. En el espacio central estaba una jovencita de piel trigueña y cabello negro tan oscuro que ni la luz mañanera lo iluminaba y cuyo flequillo le tapaba un ojo, en su frente portaba una banda con una pluma azul encajada por un lado; sostenía una tabla de patinaje color rosado fuerte sobre sus hombros.

A la izquierda de la patinadora, estaba parado un confianzudo vaquero pistolero de mirada astuta, con una pajita entre sus dientes, portando un sombrero vaquero sobre su agitado cabello castaño.

La parte de atrás estaba dominada por dos gigantes individuos, a la izquierda un peludo y canoso forzudo con su sonrisa plagada de colmillos y adornada por una barba desalineada; y a la derecha un enorme hombre de tez oscura y ojos entrecerrados, sonriendo apaciblemente, con su brillante calva contrastando con unas patillas simpáticas.

El octavo miembro era un ser curioso que más parecía una mano amputada a la que se le habían dibujado unos ojos simpáticos y una sonrisa retorcida; pero era parte de un grupo lleno de gente no muy normal, así que no desentonaba del todo.

La enorme habitación se iluminó por completo y automáticamente las luces artificiales se apagaron. Cuando intentaba retomar su lectura, su propia voz la interrumpió.

Velozmente, se sentó, recargando el libro en su regazo, y volteó a ver el vitral de nuevo, pero con una mirada de asombro.

-Me habla esa voz femenina tan familiar, puntual con el amanecer y sincronizada con la imagen iluminada de quien ella misma me ha dicho, se llama Pía, la joven de pelo negro y banda, con una extraña predilección por el lila-

La joven, Janie, hablaba sola, respondiéndole, o mejor dicho, rezongándole a un interlocutor que sólo ella veía y respondía con su propia boca, pero voz ajena.

-Pía siempre ha sido muy maternal conmigo, pero sin dejar de lado su firmeza de carácter, una interesante dulzura autoritaria.-

– La otra voz, su respectiva figura en el vitral se ha oscurecido, ese hombre…-

– Antu, el vaquero seso hueco, su ruda expresión bajo ese sombrero sólo me dan a pensar que se cree el muy duro. Siempre me armo de palabras con éste, ¡es divertido!…-

Janie hacía varios ademanes exagerados mientras conversaba en soledad, como si su interlocutor pudiera verla y ella tratara de hacerlo reír, o mínimo burlarse de él, sin darse cuenta que la broma se gastaba en sí misma.




Sin pensar las consecuencias, Janie llevó ambas manos a su cuello en un intento de ahorcarse a sí misma con furia ciega, e inclusive parecía estar asfixiándose de verdad.
Su arrebato de locura duró sólo unos segundos, hasta que habló con la voz femenina, interrumpiéndose.

Tan repentino como las manos subieron al cuello, así mismo bajaron detrás de la espalda y para rematar, Janie se sentó sobre ellas.






– El vaquero bocazas no vuelve a irrumpir, se creerá el muy macho, pero la verdad es otra cuando tiene que lidiar con ésta dama-






Janie se recostó como se había ordenado, cerrando los ojos y depositando el libro de historia a un lado de su inerte tubo.
Sin embargo, ella no descansaba, pues sus pláticas en solitario continuaban.

-¡Rayos! Pía comenzó por una difícil, aún no he llegado a eso…-

– Mi patético intento de hacer trampa, supongo, bueno, ¡Ella se lo buscó! –





– Oh, ¡Rayos!, otra que no me sé… ¿Qué me invento?-


Sin preparación para ello, Janie se abalanzó contra el borde del librero, balanceándose imposiblemente con la mitad del cuerpo al aire y la otra como apoyo en el mueble.


– Ni siquiera me dio tiempo para inventarme una mentira, pero es muy tarde ahora, porque su juego, ha comenzado…-

Y así como se orilló, también se dejó caer, sin mover un solo músculo para evitarlo, sólo provocarlo. La chica cayó fuertemente contra el duro suelo, quejándose de su propia acción.




Janie se puso en pie, como hipnotizada, riéndose maníaticamente. Se puso a caminar moviéndose como robot, y pronto estaba corriendo directo a una pared, imprudentemente golpeándose contra ella.

– Detesto cuando hace esto, pierdo el control y me siento ajena a mí misma, como si sólo fuera una espectadora. La peor parte, es que soy yo quien siente los duros golpes… ¡Y el desgraciado sólo se ríe! –

Sobándose por el duro impacto, la golpeada joven luchó por levantarse, oponiéndose a una fuerza invisible, que la trataba de mantener en el suelo.
Finalmente, logró superar aquella limitación, gritando triunfante, al tiempo que hacía un bailecito de victoria.

Pero su festejo duró poco, porque a los pocos segundos, ya estaba caminando como poseída de nuevo, claramente oponiéndose al movimiento de su propio cuerpo.

– Ante el exorcismo de Pía, la presencia mal intencionada de Antu deja mi ser, y ésta vez me invade una calidez que me da seguridad. Pía siempre ha tenido más influencia que él.-



-Ah, al menos puedo contar con que siempre me llevaré bien con Pía.-






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Published by

Mary D Kidd

Una misteriosa creativa dispuesta a dejar sus ideas salir y tomar control del mundo. Preparada siempre para innovar ;D

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