Capitulo 0 p. 2

Tras su extraña soliloquia declaración, Janie se dirigió a través de otro pasillo hacia unas enormes puertas dobles.
Allí, accedió a un jardín central muy amplio, sin un tejado, dejando que la iluminación natural y el clima exterior.

Aquél bello lugar tenía un jardín lleno de múltiples plantas en flor, césped suave y bien cuidado, unas formaciones rocosas a modo de asientos, algunos adornos con fines de relajación, alrededor de un bello estanque de agua cristalina; y en una sección, totalmente despejada de arbustos y rocas, se encontraban alineadas un conjunto de armas diversas y aparatos de ejercicio.
Un jardín-dojo muy bien equipado y cuidado.

La muchacha se acercó a las armas, y escondida entre los estantes de lanzas, se encontraba una vieja tabla de patinaje, la cual extrajo, admirando los decorados en azul y lila, con un rayo amarillo atravesando de lado a lado.

Sus colores ya estaban deslavados, las llantas desgastadas y la madera medio corroída, pero al pararse la joven sobre la tabla, lo único frágil en ella fue su amortiguación normal, firme pero flexible como una serpiente a punto de atacar.
En ese momento, la tabla adquirió un brillo singular, parecía cobrar vida simplemente por tener alguien que la usara.

 

–Sincronizarme con una patineta, mmmh… interesante…-



 

¡Uff!
-Pía raras veces suspira de esa manera, sólo cuando es evidente que la desespero, comúnmente aguanta más mi pesadez antes de sucumbir…-




 

Janie no hablaba con desdén, pero tenía una expresión de desespero suprimido, tratando lo más posible por no ser cortante.


 

Janie continuó hablando sola por toda la mañana, trepada en aquella vieja tabla, probando trucos de skateboarding paso por paso.

Aplicaba un método extraño, pues cuando hacía un paso de la técnica aprendida, se quedaba suspendida en el aire, imposiblemente congelando el movimiento y tras pensar un rato, hablaba de nuevo, contestando más preguntas que se formulaba sola.
Algunas veces caía de la tabla, tras haber demostrado un control improbable; y otras veces, al contestar, realizaba todos los movimientos de una forma tan rápida, que parecía que el tiempo se aceleraba y desde ahí retomaba el hilo de la técnica.

Así, el sol estaba ya en su punto más alto, y la joven respondió una última pregunta, tras lo cual, realizó una compleja técnica sobre la tabla a una velocidad apenas humanamente posible y al concluirla perfectamente, exclamó:

 

Janie cayó finalmente al suelo, de forma suave, como hoja flotando al caer de la rama; y la tabla quedó junto a sus pies, por un momento destellando hasta perder un misterioso brillo que la había acompañado toda la mañana desde que la tomó.

La chica veía el cielo con una gran sonrisa en el rostro que iluminaba su mirada, sin decir una palabra. Respirando agitada fue cerrando los ojos, y susurró:

 

Así como estaba, se quedó dormida un largo rato, y cuando despertó por su estómago rugiente, el sol ya estaba bien posicionado sobre el cielo, calentando el césped alrededor de Janie.

Bbbrrr, grrrr!
 

 

Del lugar donde estaba tirada descansando, Janie se levantó de un salto, tomando entre su mano una porción de su pijama, para olfatearlo.

 

Ya sin posesiones extrañas, Janie seguía hablando sola una vez más, con su voz normal formando oraciones completas y expresando pensamientos complejos. Totalmente antinatural, pero aquello no parecía importarle nada.

Llena de ánimos, Janie corrió adentro del edificio; pasando por los interminables pasillos, mientras daba grandes y pequeños saltos, inclusive haciendo piruetas, nada la detenía.
Así, llegó a una habitación muy ordenada y bien tendida, en la cual, entre otras cosas, había un ropero antiguo, del cual extrajo un par de prendas algo gastadas y medio sucias, y las olfateó.

 

Se metió a un baño, y se escuchó agua corriente, pero no la suficiente como para ser la de la ducha.
Y sin embargo, cuando salió estaba empapada de la cabeza y cambiada de ropa a unos pants recogidos a la rodilla, tenis y una camisa de tirantes, que se encontraban igualmente humedecidas.

 

Antes de salir de la habitación, observó sus manos desnudas, y cayó en la cuenta de algo que le faltaba.
Por lo que saltó sobre la cama y tomó de un rústico buró un par de objetos negros de cuero.

 

Janie miró maliciosamente alrededor, a nadie en especial, mientras se metía en las manos un par de muñequeras modificadas, que topaban con el pulgar y quedaban como guantes largos, a la mitad del antebrazo.

 

Se mofó, imitando la voz de un hombre, presuntamente anciano.
Con todo su atuendo listo, continuó su recorrido inquieto, más allá del jardín central, al extremo contrario del enorme edificio, que prácticamente consistía de puros salones de clase, laboratorios, bibliotecas más pequeñas que la del vitral y unas escaleras a un segundo piso desconocido.

Al llegar a su destino, un edificio adjunto, con paredes de cristal, algo sucias y sólo medianamente transparentes, Janie se detuvo resbalándose en el suelo, para frenar su carrerilla.
Cuando se detuvo, se enderezó, abrió de par en par las puertas de cristal, admirando la belleza vegetal que frente a ella se desplegaba.

Una variedad de flora inundaba aquél lugar, casi al grado de parecer una selva, con unos pocos muebles perdidos en su frondosidad. Avanzó hacia un área llena de frutos de formas curiosas, tomando en el camino unos aerosoles con etiquetas variadas:

Tras haber esparcido líquidos multicolor en todas las plantas, la joven tomó un canasto y vació en él frutos con formas muy poligonales y etiquetas alfabéticas:

Tras su geométrica cosecha, Janie depositó los aerosoles en enormes contenedores rotulados de la misma forma, que tomaban un líquido misterioso del suelo, funcionando por sí mismos.

Musitó con una mueca de exagerada alegría, mientras cerraba las puertas y continuaba hasta las escaleras que pasó de largo antes, esta vez subiéndolas.
Así, llegó a un comedor cafetería, con todas las sillas recogidas excepto una. En general, se veía desolada con la barra de platillos vacía, la caja registradora apagada, varias pantallas negras sin nada qué hacer, y sobre todo se ceñía una buena cantidad de polvo y suciedad se acumulaba en los muebles y el suelo. Al ver aquello, Janie resopló.

La joven saltó al otro lado de la registradora, con su canasta llena de su contenido extraño.
Se introdujo por una puerta con ventanilla y al poco tiempo, un humito con un agradable aroma se asomó por la rendija de la misma.
Luego, el humo se oscureció, tomando un olor más fuerte.

Al poco rato, Janie salió cargando un par de platos bien servidos, guardando uno en un refrigerador que funcionaba con normalidad, y sirviéndose un líquido claro de una máquina expendedora, en apariencia apagada.

Depositó los platos que no guardó y volvió a saltar la barra, exclamando con una voz grave y nasal.

 

Se respondió a sí misma, esta vez con su voz normal, sentándose en la silla por un instante.
Se puso de pie una vez más, tomó los platillos y actuando como si fuera una mesera, comentó con una melodiosa voz dulzona.

 

Finalmente se sentó en el mismo asiento donde depositó aquel alimento multicolor.
Ya en un tono más serio, junto las manos y agachó la cabeza, exclamando en voz baja.

Cuando se disponía a engullir sus alimentos, algo atrajo su atención, llevando su mirada a un lado de la mesa.

No obtuvo respuesta, sólo el soplar del aire. Aún así, ella insistía en su silente conversación.

-Mi soledad terminó, ¿era todo de mi imaginación? El viejo nunca se fue, ¿Cómo pude pensar eso?-

Con una entusiástica mirada, Janie observó la totalidad de la cafetería, regalándole una vibrante sonrisa a la nada.

-Todo fue imaginaciones mías, nunca se fueron, ¡siempre estuvieron aquí!, los demás sólo estaban ocultos, ellos—

Janie cerró los ojos pensando y recordando, con un dedo en la barbilla, y finalmente, se encogió de hombros.

Levantando su mirada, Janie observó sus alrededores, adoptando una expresión cada vez más decepcionada.

Soltando un largo suspiro, trató de ignorar la sensación de vacío que le dejó su experiencia alucinada y se dispuso a comer por fin.

-Seguiré comiendo. Al menos ya no tengo que traer la salsa… aunque no me hubiera molestado de todos modos…-

Al terminar, Janie se ocupó en dejar todo ordenado, con el piso bien trapeado, los muebles bien encerados, todo lustroso y bien mantenido. Orgullosa de su labor, la joven hacendosa se retiró algo apesadumbrada.

Esta vez sin tanto drama ni exageración, sólo caminó hacia la gran biblioteca de antes. De un librero pequeño lleno con muchas revistas coloridas y delgadas, tomó una revista en específico cuyo nombre se repetía en varias ediciones más ‘Fiery Champiñón’.

Durante un par de horas la muchacha se la pasó leyendo número tras número de la serie, leyendo los diálogos en voz alta.

Riendo a carcajadas sin molestarse por reglas de silencio en la biblioteca, revolcándose en el cómodo sofá del área de lectura.
Conforme el sol avanzaba en el cielo, y el día menguaba, las risas y comentarios cínicos de la joven resonaban entre los largos pasillos de aquél enorme edificio.
Finalmente, las voces se detuvieron.

Observó, viendo el gran reloj en la pared contraria al vitral.
Dando un ágil salto lateral, aterrizó ligera en sus pies y avanzó hacia el mismo librero de donde tomó aquélla enorme historieta.

Entonces, Janie pasó su mano sobre una y cada una de las historietas que tenía ocultas en el mismo librero, pasando de un volumen a otro, con su mirada perdida en las historias ficticias que guardaban en sus páginas.
Sus añorantes ojos escudriñaban cada revista, se sumergió en recuerdos.

Por un instante, una apesadumbrada expresión cruzó su mirada, pero sacudiendo su cabeza, se deshizo de la idea. Salió corriendo una vez más del lugar, exclamando.

Janie volvió al mismo jardín central de antes, y se abalanzó contra el depósito de varas y lanzas, en diferentes tamaños y variedades: con puntas afiladas, con pesas en los extremos, cuchillos y espadas unidos por medio de un solo mango; cortos, largos, a dos manos y a una sola.
Todo lo necesario para practicar una gran gama de artes marciales.

Ignorando el resto de las armas y de hecho, mirándolas con desconfianza, se dispuso a practicar diversas formas y movimientos de ataque, defensa y combinados, solamente empleando varas largas sencillas.

El día avanzaba mientras Janie se dedicaba a divertirse entrenando, disfrutando la libertad y facilidad con que manejaba su arma de predilección.

Sus rutinas exigían una considerable cantidad de acrobacias diversas, mientras atacaba con fuerza y rapidez; dominando perfectamente cada variante. Inclusive cambiando el tamaño del tubo de metal que empleaba para practicar a diferentes distancias de ataque también.

Iba intercalando los movimientos con ejercicios de acondicionamiento, y en general, haciendo toda una sesión de entrenamiento digna de alguien que vive para el arte marcial.
Al cabo de un par de horas, ya se encontraba agitada y sudada, pero eso no la detuvo en tomar un par de varas cortas, de madera ésta vez; y girándolas velozmente con las muñecas, comprobó lo fácil que salía un golpe potente con sus expertos brazos.

Ésta vez, cambió su postura, manteniéndose estática, piernas separadas y rodillas flexionadas; y comenzó a hacer varios movimientos, pero se enredaba a menudo, e inclusive, se daba golpes a sí misma con sus propias armas.

Refunfuñando, buscó entre unos estantes llenos de pergaminos, libros antiguos y demás papelería amarillenta, que estaban instalados encima de las pesas.}

Declaró, al tomar un libro de encuadernación casera, que tenía escrito ‘Virgatzok para bobos, por: Zenny Ruy’.
Al leer aquél título, Janie dio un giro de ojos exagerado, sonriendo sarcásticamente.

Interrumpiendo su práctica, Janie se sentó en el suelo, observando el opaco cielo que indicaba que el atardecer se aproximaba.
Entonces, se puso a hojear un libro relativamente más nuevo que el resto de los que estaban en la estantería; y tras observar un rato las ilustraciones de personitas mal dibujadas en sus páginas, se puso en pie otra vez.

Ya sin tanta energía como antes, pero con los mismos ánimos, se puso a hacer secuencias, movimientos de combinación, giros dobles y demás, todo basándose en el libro que yacía en el suelo frente a ella.

Al final del día, con un cielo azul oscuro y grillos entrometiéndose por doquier, la chica cayó sobre una rodilla, apoyándose en sus varas cortas y respirando exhausta, declaró.

Sin embargo, eso no evitó que se tomara el tiempo para depositar las armas que tenía regadas por el suelo y el útil manual todo en su debido lugar. Sacudió los estantes, reacomodó y abrillantó las armas y observó con orgullo su trabajo.

Ya lista para retirarse a sus aposentos, Janie dio una última mirada alrededor.

Realizó una reverencia solemne y se alejó alegremente, directo a la misma habitación donde se cambió antes durante el día, para meterse al baño otra vez.

Janie ya se encontraba relajándose en una bañera enorme, más parecida a un jacuzzi escarbado en la tierra, de burbujeante agua que llenaba el ambiente de vapor. Tenía los brazos a sus lados, con un paño húmedo en su frente, dormitando.

La chica abrió los ojos, buscando alrededor, confundida.

Al salir, ya seca, se cambió a otros pijamas, similares a los que usó en la mañana, con gráficos de tigres bebé.

Decidió volver por enésima vez a la gran biblioteca para escalar el librero más alto todos en ese lugar, midiendo unas 3 veces la altura Janie, casi tan alto como el techo del lugar.
Buscó en el último anaquel, y su expresión se llenó de alegría cuando encontró lo que buscaba.

Como era su costumbre, se asió del libro y lo apretó contra su pecho, mientras alcanzaba otro tubo de tantos que andaban esparcidos en la biblioteca.

Al tener ambas manos ocupadas, no tuvo otro remedio más que dejarse caer de espaldas, girando en el aire. En caída libre, elevó el tubo sobre su cabeza, para después clavarlo en el suelo con un estruendo similar a una pequeña explosión.

Para deshacerse del impulso, puso ambos pies en la superficie del bastón, como si de una tabla de patinaje se tratara. jaló hacia sí misma el bastón y relajó las piernas, logrando deslizarse a través del estrecho espacio entre libreros para aterrizar a salvo en el suelo. Después de su acrobacia, la pobre loseta del suelo quedó abollada, justo donde el bastón penetró al impactar.

Curiosa, la joven observó sus alrededores, dándose cuenta de que el suelo parecía más un campo minado que el piso elegante de una biblioteca decente.

-Aun así, es curioso, siempre que hago esto… ¿qué serán esos destellos azules que salen de la punta? El viejo Zen nunca me supo decir qué era todo eso… en fin.-

De vuelta en el viejo sillón, la joven procedió a leer en voz alta el contenido de aquél libro.

Pero Janie no se contentaba con sólo leer, ella también actuaba las palabras, como si estuviera representando teatralmente lo que narraba.
Cambiando voces, fingiendo emociones, declamando y gesticulando con las manos usando exagerado drama, la ávida lectora se dispuso a disfrutar su representación.

Depositó el libro en una mesita junto al sofá y ella misma cayó con todo su peso, reposando mientras observaba el oscuro vitral.

Su melancólica mirada reflejaba la intensidad de su lectura, y poco a poco, perdiéndose en sus pensamientos, cerró los ojos y guardó silencio.

– ¿Una voz mental? Debe ser tímida…-

Sorprendida, Janie se sentó de golpe, mirando alrededor alertada.

– Esta voz… es diferente… pero ¿familiar? No recuerdo…-

Janie se encogió de hombros con resignación en sus palabras.

– Después de todo, no es como si no fuera un proceso natural…-

Una inexplicable ira se apoderó de Janie, quien de un salto se levantó del sofá, mirando a la nada, gritándole.

– Yo no causé esto… yo… ¿y si lo hubiera hecho? ¿Me importaría? Pero qué absurdo, no debo caer en sus juegos mentales…-

Pero tras unos instantes en silencio, Janie relajó su expresión, mirando a sus manos con cierto temor.

– Ya no contestó… ¿Fue mi imaginación? Esa voz era… como la de él….-

Finalmente, posó su mirada en el viejo vitral, poniendo especial atención al joven de la bandana verde, como si esperara que saliera de la imagen y le hablara.
Pero nada pasó, por lo que Janie, sacudió su cabeza, frotó sus ojos y decidió retirarse por la puerta donde siempre entraba.

Tras subir a tomar su cena, el platillo en el refrigerador, la chica decidió un último destino antes de dormir y tomó la ruta de una escalera de caracol muy larga que ascendía por una especie de torre.

Aunque en el camino no encendió ninguna luz, no las ocupaba, pues esas escaleras tenían una iluminación única procedente de las paredes del lugar, que brillaban un color verde chillón.

A mitad de camino, la chica se detuvo.
Intrigada, miró tras de sí, sólo para encontrarse que estaba absoluta e irremediablemente sola.
Una vez más se encogió de hombros, y decidió continuar sin volver a distraerse.

Frustrada, Janie golpeó una pared con toda la fuerza del dorso de su puño.

Al final de la escalinata, Janie llegó a un campanario estrecho con apenas suficiente espacio para una persona, y totalmente inseguro por la ausencia de un barandal adecuado para evitar suicidios.

Continuando su avance, la joven se abalanzó peligrosamente contra la orilla, sin ningún miramiento hacia su seguridad personal.

Llegada al borde, simplemente se dejó caer, en actitud suicida.

Llevada por su propio peso, Janie cayó al vacío, pero algo detuvo su avance.
Una especie de red invisible formando una barrera, que chispeaba al contacto, la detuvo de caer hacia una muerte segura, dejándola rebotar un rato hasta deshacerse del impulso.

Sus vidriosos ojos se perdieron en la inmensidad del bello bosque, que se abría paso alrededor de aquél enorme castillo.

Tras guardar silencio un largo rato, finalmente pudo relajarse en la fuerza invisible que la sostenía, cayendo en cuenta de la belleza del paisaje que la rodeaba.
Encantada por la vista, la joven abrió sus brazos, y se quedó ahí recargada, disfrutando el viento fresco que soplaba, calmando su ánimo.

Extendiéndose totalmente sobre aquella barrera de seguridad invisible, el cuerpo de Janie se volvió laxo, relajándose por completo, olvidándose de su estrés.


-Un momento… esa voz, pero ahora suena más similar a la de él.-

-No responde, de nuevo, sólo habla cuando quiere ser filosófico… ¡Nunca una respuesta directa!. He estado oyendo ésta voz desde aquella mañana hace tres días… cuando ya no despertó el viejo… ¿Qué significará?-

Janie volvió a lanzar un puñetazo, esta vez a la muralla invisible, donde su golpe fue absorbido y rebotado, frustrándola aún más.

-Las puertas tapiadas desde afuera, las ventanas bloqueadas, todo aquí encerrado con este condón mágico-

– Sí, vivir con miedo es una tontería. Si muero, muero y ya, no hay más qué lamentar… incluso puede ser mejor… que esto-

Perdida en sus pensamientos, Janie rió sin humor en la noche silenciosa, sus carcajadas irrumpiendo la oscura quietud.
Hasta que un extraño zumbido interrumpió su propio sonido de locura, alertándola ligeramente y llevándola a buscar con la mirada el origen de aquello, sin mucho interés.

Encima del enorme edificio de la universidad, una extraña y enorme criatura, oculta por las sombras nocturnas surcaba el espacio aéreo, volando lentamente como si buscara y acechara el lugar.

Soltando un largo suspiro, la chica se volteó en su lugar, recostándose confortablemente en la barrera invisible, aprovechándola para descansar.

– No tiene caso, pregunto al cielo y las estrellas, cada cual habla a su propio ritmo, diferentes voces se mezclan, pero ninguno me contesta a mi… Sus ecos me confunden… ¿Sería aquél el viejo Zen? ¿O el Güelito Tof? ¿O quizá un impostor?-

Desesperada, la chica se agitó en su lugar, suspendida en el aire, golpeando con sus codos y puños, sacando más chispas y estirando la barrera, hasta quedar en una posición casi horizontal, pero aun así, no logró traspasarla.

Después de un rato de lucha inútil, Janie cerró los ojos y se entregó a sus sueños imposibles.



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Published by

Mary D Kidd

Una misteriosa creativa dispuesta a dejar sus ideas salir y tomar control del mundo. Preparada siempre para innovar ;D

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