Capitulo 1 p. 3

Frustrada, Janie dejó salir cuanta rabia violenta se le antojara, tomando cualquier cosa que se le cruzara el camino, para destruirlo de mil maneras y crear más caos que antes.

Cuando llegó al jardín central, aquél que albergaba tantas armas peligrosas, no se esforzó siquiera en ocultar su anticipación y el deleite que sus retorcidos pensamientos le provocaban.

Destruyó arbustos y plantas inocentes, intentó dañar los asientos de piedra y fracasó, e inclusive los mismos estantes donde las armas reposaban, destruyendo armas con más armas, un frenesí sin lógica.


Ouuf paf!

Tomó una espada larga y ancha, y con las dos manos, continuó su torbellino de destrucción por los pasillos de la Universidad, riendo con demencia.

– ¡Ah! ¡Mira cómo se cortan esos maderos viejos! Basta con una patada, y…-

– ¡Veamos qué más podemos cortar con esta hermosura!-

Convirtiendo esos años de soledad y desesperanza en una explosión de violencia incoherente, una expresión a flor de piel de la amargura que en su corazón albergaba.
Cuanto más destruía, más sonreía, más y más reía, más y más y más disfrutaba.

Yendo y viniendo entre armas y mobiliario, se encargaba de experimentar cada equipamiento, hasta que uno de los dos cedía y requería enfocar su atención en un objetivo fresco.

– Inclusive ahora, viendo cómo destruyo su precioso templo del conocimiento, estas sombras insisten en ignorarme, en considerarme baja e indigna, ni una reacción, ¡Ni siquiera una mirada! Si tiro éstos libreros ancestrales, no creo que alguien siquiera se inmute, ya que… –

– Uff, es mucha madera qué roer… veamos qué tal jalan esas bombas. Nunca fui del tipo artillero, ¡Pero qué más da! Si no intento, no sabré.-

Tomando una dañina bomba de fuego, Janie atacó el librero más alto de la gran biblioteca, provocando que su base se incendiara.
Un pequeño fuego comenzó a cobrar vida, llenando de humo el lugar, avanzando lentamente, pues aquella madera era dura de roer.

Pero en todo momento, la música que acompañaba el caos era la desquiciada risa de Janie, que cada vez sonaba más rota, más desolada, depresiva.
En medio de la devastación, Janie cayó de rodillas, mirando su obra, dándose cuenta de sus acciones. Todo alrededor de ella destruido y el fuego reclamaba más y más cuerpo de aquél ancestral librero.

Ante los ojos de la desquiciada joven, los valiosos libros, rebosantes de conocimientos ocultos y olvidados por el mundo, eran consumidos uno a uno. Sus artesanales encuadernaciones cediendo a la flama, ennegreciendo el pasado que resguardaban en su interior.
Las llamas llegaban al área donde descansaban los cómics de Janie también, más arriba sus preciados libros de historia, y así y así.
El pasado, el presente y el futuro consumiéndose por su culpa, y Janie sólo acertó a mirarse las manos en shock.

-Me siento hundir, perdida en el inmenso vacío… ¡Qué horrible sensación!-

Y mientras yacía ahí, inerte, se sentía Janie derrotada y abatida por el estado en que su amada universidad se encontraba, un pozo de desolación anidando en su interior.
Con libreros destruidos alrededor, bancos desmembrados por doquier, las paredes carcomidas y el suelo mellado. Los remanentes de una batalla perdida, una desesperada guerra interna.

Sin decir una palabra más, se puso en pie. Su mirada aún perdida en el incendio, que ya comenzaba a devorar aquellos libros añejos, invaluables testigos de la historia, mudos chamanes de la vida.

Tan rápido como sus piernas se lo permitían, Janie corrió hacia el jardín, parcialmente despojado de las poderosas armas que poco tiempo atrás ostentaba con orgullo.

Tomando unas cubetas de un rincón, la joven vertió agua en ellas, y colocándolas en los extremos de un tubo, volvió con premura a la gran biblioteca. Su cuerpo se movía mecánicamente con movimientos perfectamente coordinados, equilibrando con precisión su pesada carga.

Todo el tiempo, su mirada nunca dejó el siniestro, pero su cuerpo no necesitaba su vista para actuar, ni siquiera su permiso.

Como poseída, la joven dejó los cuencos en el suelo y con un calculado empujón de su bastón, mandó uno de ellos deslizándose por el suelo, volcándose a sí mismo al llegar a su destino.
El agua fue vertida sobre el nivel inferior del librero, evitando que continuara la expansión del fuego por debajo.

Luego, elevó el otro cuenco con un extremo del bastón, y con un rápido y experto giro del mismo, haciendo palanca con un extremo, envió hacia arriba el contenedor, totalmente recto y sin derramar una sola gota.
En esa posición ideal, le dio un certero batazo que lo mandó volando directamente al segundo y tercer nivel del librero, apagando efectivamente los libros y todo aquello que estuviera siendo consumido por las llamas.

Por fortuna, no tuvo tiempo de expandirse aún más el incendio, así que la biblioteca estaba salvada, no así esos pobres libros indefensos, que tenían una buena porción de sus cuerpos chamuscada.

Reprendió una voz masculina, tan potente como para que su eco se quedara danzando indefinidamente en las paredes antiguas y melladas de la enorme biblioteca.

La atontada Janie volvió en sí, mirando alrededor, alarmada al recordar lo sucedido. Pero al ver los drásticos cambios en la situación, no pudo evitar que la sorpresa le ganara a la pena que sentía.

Observando el frío acero que sostenía entre sus manos, cayó de rodillas una vez más.
Un audible sollozo llenó la bóveda de la gran biblioteca, interrumpido sólo momentáneamente por el estruendo del metálico tubo impactando contra el piso; las manos de la chica goteando, aún cuando no había tocado el agua en los cuencos.

– Esa voz de nuevo. Ha llegado a atosigarme… esta vez sí que me lo gané…-

Como de costumbre, Janie sostenía una conversación unilateral, abría la boca para hablar, y también para guardar silencio; mientras otra voz de tono grave y profundo más propia de un anciano, retumbaba en aquellas paredes, sincronizándose con el movimiento de los labios de la joven.

Pero el sonido no salía de su boca, estaba en todos lados y ninguno a la vez, como si las mismas piedras que conformaban el edificio estuvieran resonando con voz humana.
Al no ver a nadie más, Janie se cerró en sí misma, mirándose las manos con tremenda fijación.

– ¡Ahí está! Toda la verdad, cruda y dura. ¡Ya no puedo pretender más!-

– Iba a dejar que todo terminara…-

Poniéndose de pie, Janie levantó la mirada hacia donde la voz se concentró, y quedó atónita ante la oscura figura que apareció frente a ella, parada en mitad de la biblioteca, justo enfrente del acceso a las escaleras de caracol.

– ¿¡Una sombra!? ¡Nunca habían sido tan sólidos! Siempre eran voces incorpóreas-

Sin encarar a Janie, la figura le habló mientras subía la escalinata. Asombrada, la joven notó cómo la voz venía actualmente de la figura, apenas y sentía su propia boca moverse al tocarla con la mano para comprobar.

Sin más dudas, Janie siguió a la masa oscura que ya se había perdido escaleras arriba.

– Mi voz… su voz, suena tan extraña, en un momento es Zenny, en otros es Toughtt, y luego todos los demás… ¿Cómo es posible?-

– ¿Qué ridiculeces dice? ¡No entiendo nada!-

En su distracción, Janie se iba quedando atrás, rápidamente perdiendo de vista al espectro que la guiaba, pero su voz resonando en las paredes de la torre.

– ¡Esa bandana! ¡Es él! ¡Increíble!-

Janie, viéndose ya muy por detrás de la sombra, apenas vislumbrando un atisbo de las prendas que portaba, entre ellas, una bandana verde en la cabeza; corrió con todas sus fuerzas, intentando alcanzarle, queriendo ver más, queriendo estar con él…

En plena luz del día, aquél espectro salió del acceso de la torre rumbo al campanario sin barandal, y cuando Janie le dio alcance, fue cegada momentáneamente por el sol.
Al recobrar la vista, su misterioso acompañante ya no estaba.

Su voz cambió a una masculina, clara y segura.

Contestó esta vez una voz de mujer, dulce y musical.

Y mientras más enlistaban, las voces cambian sin repetirse.

-Tantas voces, muchas estrellas. Aunque es de día… son personas que nunca he conocido, y a la vez… si.-

– La única respuesta que recibo, es un golpeteo en el techo de madera, hay algo flojo ahí arriba-

Siguiendo el origen del ruido, Janie examinó el tejado del campanario, encontrando una puertecilla secreta, pintada del mismo color del techo para camuflarse.
A pesar de sus esfuerzos, no logró abrirla.

Expresaron las voces mezcladas entre sí, formando una sola con muchas facetas. Al mismo tiempo, la puertecilla se abrió por sí misma, dejando caer un viejo libro con las hojas amarillentas y mal encuadernadas.

-¡Un libro! ¿Esto es lo que el Güelito Tof guardaba con recelo?-

-Uh, parece un viejo diario… escrito en lenguaje del oeste… We were.. uugh, mucho qué leer.-

Mientras Janie hojeaba la reliquia leyendo superficialmente, llegó a la página final, encontrando otro tomo grapado al primero.

– ¡Es el nombre inmaduro del Güelito Thoughtt! Ruy, como yo.-

La muchacha se mofó a carcajadas del título, pero disimuladamente, y mirando a los lados, continuó leyendo.

Pero en cuanto comenzó a leer la primera página, su actitud cambió, tomando más seriedad al asunto.

-Un momento, ¿Pelos rubios de raíces negras? ¡Es como la chica en el vitral! ¡Estoy segura!-

– ¿Qué es este fuerte viento? Tan repentino… casi huracanado, no puedo… AAh!-

Un inaudito viento potente empujó a Janie contra la chispeante barrera azulada, inmovilizándola y provocando que soltara el diario, el cual cayó al vacío.

Estiró su brazo en un intento fútil de atrapar aquello que se alejaba de su alcance. Luchando por ir más allá, sin poder pasar la barrera que sólo a su desesperado grito dejó atravesar y a ella la dejaba impotente.

-La voz ya no vuelve, tampoco el libro. Y yo me quedo aquí, sola y desamparada una vez más. ¿Qué nueva luz podría traer ese libro a mi vida? ¿Qué misterios develará y podré usar a mi favor? Talvez podría saber qué sucedió y ¡porqué nadie volvió! Pero ahora… nunca lo descubriré…-

Janie yacía, una vez más, abatida contra la barrera, mirando al infinito sin poder alcanzarlo. Sus ojos se humedecían una vez más…

Un puñetazo, la barrera no cede.

Ésta vez arremete a patadas, pero sólo recibe chispas de crueldad, la barrera no cederá.

Ataca con todo su cuerpo brincando sobre la barrera.

-La desesperación de antes, el odio de la soledad, la desolación de la demencia, todo vuelve, hacen remolinos en mi cabeza… –

– Acabaré destruyendo todo y aún así, la barrera no cede, se burla de mí… sus chispas de desprecio es lo que recibo…-

– ¡No seré tu víctima ni un segundo más! ¡Podrida barrera de mierda! –

– Tal vez todo ha estado siempre en mi mente, y siempre tuve el poder, como al destruir mi hogar… ¡Sólo necesito hacerlo y así será!-

En su violento ataque, finalmente, una mano atravesó, quedándose atrapada entre la vida y la muerte.
La manía aumenta, y Janie, ignorando el peligro al que se expone, continúa luchando por superar el límite.

-¡Siempre he podido pasar ésta barrera!-

– Mi otra mano también logra pasar… siempre había tenido el poder, pero no encontraba una razón. –

– ¡Ahí va una pierna también! Prefiero morir en una caída rápida e inmediata, ¡Que en una espiral de locura lenta y angustiante!-

– Soy víctima de mí propia soledad, yo te acepté y por eso, ¡tuviste poder sobre mí!-

Atacando cada vez con más y más intensidad, ambas piernas de Janie atravesaron también, quedando atrapada e inmovilizada. Incapaz de continuar su arremetida, simplemente se balanceaba de arriba abajo, desesperada por su inhabilidad de huir.
Janie gritaba en rebeldía, con cada grito, la barrera se debilitaba, estirándose aún más y más, hasta que la joven quedó de cabeza.

Moviendo sus extremidades, intentaba separarlas y cuando eso no funcionaba, trataba de unirlas; su desesperación superando la razón.
Con un último esfuerzo, cargado con toda la voluntad que en ella había, declaró finalmente…

Y ese fue el último empujón que hacía falta. Con un audible…

¡Plop!

La fuerza invisible que la aprisionaba desapareció, sus extremidades pudiendo abrirse por completo, dándole la apariencia de una ardilla voladora intentando emprender el vuelo en mitad de una caída mortal.
Por desgracia, Janie no era ardilla voladora, y aquella no era una caída de la que pudiera salir planeando.
Intentó en vano usar su gabán de paracaídas, pero la fuerza del viento se lo arrebató de las manos, quedando sólo con su camiseta de tirantes.

Su vida había colgado de un hilo en la red que la aprisionaba, y ya sin él, nada se interponía entre ella y una muerte segura.

-El libro se ha perdido en la inmensidad de la caída… Sería un milagro que no se hubiera deshojado. Ahora que lo pienso, ¡Sería aún más milagroso si yo no muriera al caer!-

Agarrando más y más aceleración, el impacto final estaba cerca, y aun así, Janie no parecía consternada por ello.

Instintivamente, Janie tomó un objeto que no estaba ahí, lo preparó elevando sus brazos por encima de su cabeza, con sus manos unidas como si sujetaran un bastón invisible.

-Mi técnica patentada paracaídas, que volvía loco al viejo Zen… Sólo tengo que elevarlo sobre mi cabeza… Y en el momento justo… –

Muy tarde para cambiar de opinión, Janie de todos modos ejecutó la técnica. En una tremenda explosión azul, su caída se redujo de velocidad, mientras adoptaba una posición como si estuviera parada en una tabla de patinaje, deslizándose en el aire para alcanzar el suelo.

Su temerario movimiento no resultó sin consecuencias, y al detenerse contra el suelo con tremendo impacto, cayó de lado, sujetándose el tobillo derecho con agonía.
El zumbido de aquella noche hace meses regresó, invadiendo el lugar con un sonido progresivamente más estresante, hasta que finalmente, una enorme criatura flotante se posó en el cielo sobre la herida Janie.

La pobre chica sólo podía quedarse viendo con angustia el cuerpo alargado y seccionado como el de una libélula y con alas similares que se movían asíncronamente amenazando con aterrizar sobre ella.
A todo lo largo de su vientre, poseía una hilera de ojos negros que recorrían horizontalmente hasta la parte frontal, cuya cabeza se componía de dos ojos reflectantes enormes. En cada sección del cuerpo, colgaba un par de patas puntiagudas de tres articulaciones, como las de una araña, que se doblaban y extendían nerviosamente.

– No puedo evitar cubrirme los oídos, me siento indefensa ante su presencia, es atemorizante. Esas vibraciones penetran todo mi ser, retumban en mi carne, amenazan con detener mi corazón, derriten mi cerebro, ¡no lo soporto!-

Janie se acurrucó en donde estaba, en mitad del techo destrozado de la Universidad, a través del cual se alcanzaba a ver un aula por debajo.
Y a pesar del hueco que creó, casi del tamaño de su cuerpo, Ella se mantenía flotando debido a la barrera. Janie adoptó una posición fetal mientras se cubría los oídos con evidente dolor.

Janie cayó en cuenta del daño hecho a su hogar, pensamiento sobrio que la distrajo de su predicamento.

-Ok, puedo con esto… no es tan malo, sólo me tapo bien los oídos y—

Reganando algo de compostura, Janie trató de ponerse en pie para ver mejor el techo, dudando momentáneamente al notar un impedimento.

Cayendo de nuevo de rodillas, Janie observó el gancho en su brazo, siguiendo con la mirada una cadena a la que estaba unido…

–Vaya, sueno muy calmada al respecto, ¿Puede que esté en shock?-

Cuando Janie alcanzó con los ojos al dueño del cable con el gancho, el individuo, que portaba un extraño uniforme, jaló el arma, lacerando aún más el brazo de la muchacha y llevándola por el dolor hacia el suelo de nuevo.



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Published by

Mary D Kidd

Una misteriosa creativa dispuesta a dejar sus ideas salir y tomar control del mundo. Preparada siempre para innovar ;D

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