Capitulo 2 p. 2

Aquel antiguo edificio era más típico de un castillo que de una escuela, poseía multitud de gárgolas y ornamentos de tejado, adornando desde épocas inmemoriales, seguramente habiendo visto mejores tiempos.
Esos recuerdos ya olvidados, pues incrustado grotescamente en el cuerno de algo con apariencia de reptil, yacía un hombre apenas consciente de su situación, demasiado conmocionado para gritar; probablemente insensible a su propio dolor, pero capaz de sentir su predicamento, lo que lo volvía incontrolable.

Los ropajes del herido eran como los del resto de los invasores, manchados irremediablemente con su propia sangre que brotaba libremente de su herida, una que le condenaba a muerte, atravesando todo su abdomen.
Por esta razón sus compañeros que intentaban ayudarle no lograban ningún avance, y de hecho, temían hacer más que darle ánimos y calmar sus ataques de pánico.

El pobre seguía lúcido, tomando largas y entrecortadas bocanadas de aire, mientras se retorcía por el temor, escupiendo borbotones de sangre.
Pese a ello, aún tenía fuerzas para extender su mano izquierda, la que no estaba doblada en un ángulo doloroso enredada, como la derecha, en la cadena de su propia arma. Pedía ayuda, rogaba piedad a una joven que se le acercaba desde abajo del monstruo volador, a paso lento pero seguro, mofándose casi, inclusive esbozando una sonrisa macabra que oscurecía sus facciones adolescentes.

Su presencia era impositiva, pero su actitud altanera y engreída. Su ropaje era significativamente diferente, también portaba un chaleco, de corte distinto al de los demás, con un grabado que cubría su espalda y un hombro y por debajo una camiseta con mangas a tres cuartos.

La formalidad de su vestimenta se veía arruinada por el pantaloncillo corto y ancho que usaba recogido hasta las rodillas, y la hacía parecer un poco más de su edad.
Para rematar, llevaba puestos unos tenis botines abiertos para mostrar que en lugar de calcetas usaba redecillas negras cortas.

Tal apariencia no era especialmente amedrentadora, más parecía una adolescente rebelde y fachosa. Pero aun así, el hombre agonizante le mostraba un respeto digno de alguien temible, inclusive sus compañeros se echaron de rodillas, mirando con fijación al suelo y temblando.

La recién llegada no mostraba ni un ápice de simpatía, ni siquiera lástima; se apartó con actitud casual sus revoltosos cabellos azules cuyas puntas absorbían la luz en oscuridad, recogidos en dos coletas a los lados y con una pinza por detrás.

Esquivaba con la mirada al moribundo, intentando localizar algo en el suelo debajo del edificio; pero al llegar con el pobre bastardo, sus pálidos ojos rojizos, casi rosas, se posaron en él, deleitándose con la escena, mientras reflejaban alegremente el color de la sangre.

No dijo una palabra, mientras estiraba su pálida mano izquierda adornada con un escudo de antebrazo grabado con un símbolo peculiar.
Tomando al hombre por el cuello de su chaleco, jaló sin ningún miramiento, y de un solo intento lo liberó de su suplicio, para condenarlo a uno peor.
La sensación de vacío fue acompañada por cuajarones de sangre que brotaban por la boca y estómago del desahuciado, mientras su vida fluía sin control manchando el suelo bajo los pies de su torturadora.

Algunos uniformados de blanco se acercaron corriendo, pero ella no les permitió seguir avanzando, alejándolos del paciente moribundo con su mano derecha, la cual, en un destello azul, se transmutó en una espada delgada y torcida para terminar en un garfio.
Les miró con ojos bien abiertos y una mueca complacida en su boca.

Su mano volvió a la normalidad tan repentino como había cambiado, y, aún sujetando al moribundo will-hunter, la muchacha avanzó hasta el borde del tejado, arrastrándolo tras de sí.

El resignado hombre bajó la cabeza, sollozando sus últimos momentos de existencia, al tiempo que la joven lo acercaba bruscamente a la orilla por donde su propia presa había huido. Frente a la mirada de sus subordinados, la muchacha liberó la chaqueta del will-hunter, dejándolo caer a sangre fría hacia una muerte segura.

Sus compañeros esquivaron la vista, tratando de ocultar sus emociones, apretando sus puños cuando escucharon el sonido característico del impacto.

¡Thump!

La cruel joven los encaró, su expresión divertida y retadora, esperando una muestra de debilidad.
Al no tener nada más que la interesara, se apartó con un giro grácil sobre sus talones, para regresar de vuelta a donde había llegado, en dirección a la criatura insectoide.

Cada palabra llena de desprecio y severidad que hacía temblar a sus subordinados.
Posicionándose debajo de la insecto gigante, se dirigió a los demás cazadores una vez más.

Los cazadores aún arrodillados y los médicos cabizbajos respondieron al instante y con sumo respeto.

Levantando su cabeza con dignidad y disfrutando el resultado de su actuación, la llamada General fue iluminada por un haz de luz similar al que había atacado antes a Janie.
Con rapidez, se elevó del tejado, siendo succionada por una fuerza invisible. Mientras ascendía, susurró para sí misma, sonriendo con anticipación.



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Published by

Mary D Kidd

Una misteriosa creativa dispuesta a dejar sus ideas salir y tomar control del mundo. Preparada siempre para innovar ;D

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