Capitulo 2 p. 4

Pero los presentes ignoraron las protestas de la caída ante la repentina tensión que la puso en pie, estresando sus profundas heridas y obsequiándole una mueca de agonía en el rostro.

Frente al asombro de todos los presentes, Janie se resitió una vez más, retorciéndose levemente, ya sin fuerzas siquiera para ofrecer alguna resistencia, pero si para mostrar su indignación.
Aquello no agradó a sus captores y un gancho voló con presteza, asiéndose a su cuello, con una advertencia.

Con un jalón en todas direcciones, forzaron a Janie a quedarse bien firme sobre sus propios pies, brazos estirados y cabeza hacia atrás, tratando de alejar su cuello del gancho que, aunque estaba tenso, imprimía suficiente fuerza para dejar una ligera cortada.

A pesar de su situación, el dolor y la presión de la tortuosa postura crucificada, Janie tenía los ojos entre abiertos pero mantenía una fiera expresión.

-¿Quiénes son estos? ¿Por qué tanto problema sólo para capturarme?-

Su voz era una débil queja, aunque Janie se esforzó en ser amenazadora, su estado sólo le permitía mantener una actitud desafiante.

La joven General Sentzu por fin llegaba a encarar a su prisionera, con paso decidido y tomándose su tiempo, disfrutando el momento con una sonrisa cruel.

La autoritaria líder llegó frente a su presa y acercando su mano derecha le tomó de la barbilla para cruzar su mirada con la de Janie.

Janie tenía los ojos desenfocados y la mandíbula apretada, tratando de resistir la tortura impuesta, en ningún momento se quejó de ello, pero su movilidad se redujo al mínimo, lidiando con el dolor lo más que podía.

– Mi nombre, ¡Mi nombre! ¿Mi nombre? Lo he olvidado… ¿Por qué esta enana puberta llega y me pregunta estupideces? ¿¡No ve la situación en que estoy!? ¿¡Acaso se burla de mí!? ¡Maldita psicópata! Sólo puedo hacer lo que se me ocurre hacer…-

– Uugh, ¡qué deforme chica! se revuelve más su cara, es una pintura sin sentido, el artista es muy malo… debe ser abstracto, Jiejieje, ¡Qué gracia!-

Fuera de sí, la prisionera enganchada a las cadenas empezó a reírse, levemente, pero el tono en el que lo hacía, sombrío y maniático puso de los nervios a los cazadores que la apresaban.
Sin embargo, para la General Sentzu aquello no era algo asombroso, inclusive sonrió aún más, compartiendo los ánimos de la retorcida risa.

Con su mano izquierda agarró el brazo contrario de Janie, con un par de ganchos clavados sin tocar la herida original, aún abierta y supurante, empapándole el brazo con su propia sangre.

Poco a poco, y sin razón aparente, Sentzu fue zafando los ganchos en el antebrazo y la mano de su víctima, hasta que el brazo cayó por completo, pálido y límpido.
Levantando aún más la cabeza de Janie para que no pudiera moverla y ver lo que hacía, tomó la herida más grande, apretando su mano alrededor de ella, hasta conseguir que la agraviada se quejara. Apretando los ojos casi tanto como su mandíbula.

Ante tal reacción, la maquiavélica joven mostró sus dientes y se dirigió a ella, viéndola de cerca a los ojos.

Guardó silencio por unos instantes y a pesar de haber tantas personas y estar en un espacio abierto, parecía sepulcral. Apenas si se escuchaban las respiraciones de los cazadores, disciplinados esperando instrucciones de su líder, quien se mantuvo oprimiendo la herida.
Inclusive, Sentzu llegó a introducir la punta de sus dedos, sólo para darle mayor efecto.

Janie se mantuvo firme, reprimiendo sus quejas, pero su respiración se volvió errática y unos terribles temblores invadieron todo su ser.

Sentzu sintió los temblores trasladándose hasta la barbilla que sostenía su propia mano y soltó una ligera risita.

La General fue benévola, soltó la presión en el brazo. Pero el efecto perduró, Janie sudaba en frío.
Setzu no estaba dispuesta a darle un descanso, por lo que sujetó la cabeza de su prisionera de la nuca y jaló, forzando el cuello a oprimirse contra el filo que le amenazaba, suficiente para que la cortada se intensificara.
Sentzu le ordenó con desprecio, pronunciando cada palabra lentamente como si hablara con alguien deficiente mental.

Con ojos desenfocados y la boca entreabierta y seca, Janie sólo acertó a decir…

Janie balbuceaba, ya no parecía ni sentir el dolor, su sonrisa retorcida y pesados ojos entrecerrados daban fe de ello.

–Ésta chica… ¿Chica? Sólo es un vórtice oscuro, succionando ojos, nariz y boca, la sonrisa crece y me succiona… Es un monstruo… Ya no puedo…-

Soltando el peso de su cuerpo, a pesar del peligro, Janie cayó en un estado de suspensión, su cabeza sintiendo la necesidad de colgar pero el gancho en su cuello la mantuvo en su lugar. Sus ojos se cerraron totalmente y su boca quedó entreabierta, denotando su inconsciencia.

Aquello no agradó a su captora, quien apretó una vez más la herida, todo lo fuerte que pudo hasta dejarle un horrible moretón. Logrando el efecto esperado, Janie volvió en sí con un grito desgarrador.

La General soltó el rostro de Janie y chasqueó sus dedos; en el acto, todos los ganchos que sujetaban a la joven se tensaron a la vez, despertándola totalmente.

-Todos mis sentidos vuelven a mí, mi cabeza flota, pero soy consciente de todo alrededor… como éste opresivo dolor que parece habitar dentro de mí… y esa burlona adolescente frente a mí.-

Sentzu pareció sorprenderse ante tal afirmación, pero eso no le quitó su actitud burlona.

Gesticuló, mostrando a todos los cazadores apostados en el perímetro, con sus armas en ristre, las mismas que amenazaban con desgarrar a Janie, quien ya no mostraba sorpresa o atención alguna. Sólo desprecio e indiferencia.

Sentzu hizo vibrar una de las cadenas con su mano, enviado una nueva oleada de dolor hacia Janie.

Sujetó con ambas manos la cabeza de la indefensa joven, tomándola desprevenida y jalándola hacia el gancho una vez más, para demostrar su punto.

– Su aliento es pútrido, me repugna pero no puedo apartarme, ¡Qué fuerza descomunal! Trataré de ignorarla, quiere matarme, ¿Qué más da?-

– Ahora me escupe en la cara, me habla como a una idiota y ¡Encima me grita! Podrás haberme atrapado, ¡Pero no soportaré tus salivazos! ¡Te los devuelvo!-

¡PTU!

De un momento a otro, todos quedaron fríos del miedo, paralizados, tratando de desvanecerse en el entorno, sin moverse ni siquiera para respirar.
El tiempo parecía congelarse y sólo se movía en la porción de saliva que volaba de la boca de Janie a la cara de Sentzu; quien no se movió, a pesar de que lo vio venir, inclusive mantuvo sus ojos fijos en los de la otra joven, desafiante.

Cuando finalmente impactó la porción de líquido viscoso, todos los cazadores comenzaron a temblar, su General impasible: su sonrisa imperturbable, su mirada echando rayos y su cachete marcado con el odio de su prisionera.
Por un segundo, los ganchos se aflojaron, los cazadores perdiendo su voluntad de pelear, de estar ahí— Deseaban salir corriendo al bosque y perderse en él y nunca ser encontrados por la civilización, o cuando menos por su General. A pesar de ello se mantuvieron en su lugar.

Al notar a su prisionera relajarse, aunque fuera por los breves segundos que les tomó a los cazadores crecer su orgullo y re-ejercer su presión, Sentzu clavó aún más su mirada en ella, como diciéndole con la mente lo mismo que expresó con su boca.

Ambas mujeres se miraron con fiereza. Janie rebelándose, aunque fuera mentalmente.

–Habré caído en sus redes, ¡Pero no cederé!-

Y Sentzu apresándola con su autoridad. Ninguna de las dos hacía ruido alguno, inclusive Janie, quien ya no se quejaba.

Durante toda la escena, la mueca burlona en el rostro de la líder permaneció inalterable, inclusive parecía crecer en intensidad y en ese instante en que todo parecía ebullir, había alcanzado su pico máximo, se deleitaba con el reto.

Pasados unos instantes, algunos garfios fueron arrancados de la piel, por la excesiva fuerza que se ejercía en ella, sus dueños aterrados, tratando de enmendar su error previo.

Actuando en consecuencia, Janie apretó sus manos en puño, algo que no había hecho hasta ese momento, pero ya no le importaba, no halló otra forma de externalizar su sufrimiento sin parecer débil.

Al cuarto gancho suelto, Janie cerró los ojos, si acaso por un instante, abriéndose de inmediato por el miedo a darle la victoria a su verdugo, pero era muy tarde, perdían enfoque y su mandíbula también comenzó a relajarse, hasta que el quinto gancho salió y ella perdió la consciencia, una vez más.
Su cuerpo esta vez no se relajó por completo, pero Sentzu lo ignoró, tomando su cabeza suelta como señal definitiva y símbolo de su victoria.

Dio una señal con su mano y los ganchos fueron destensados y retirados sin mayor daño, ya suficiente habían hecho. Con ello, la víctima cayó al suelo, cual muñeca de trapo.

Sentzu dejó su frase en el aire, sacudiendo la cabeza en negación, pero manteniendo una ligera y satisfecha sonrisa.
Se dio la vuelta, lista a retirarse, mostrando su rostro impasible y demostrando ser muy digna como para limpiar la húmeda marca de su cachete. A punto de dar el primer paso…

Jiiijiiijiii

Aunque fuera leve y débil, una risita se escuchó, por encima del silencio de aquellos cazadores que de pronto se mostraron temerosos.

La líder, intrigada, se dio la vuelta y la volvió a escuchar, esta vez más claro, mientras un par de cazadores ayudaban a Janie a ponerse en pie, con algunas cadenas enredadas bajo ella y en sus pies.

Entonces, la joven General Sentzu lo vio, y no tuvo problema en detenerlo a medio camino, era uno de esos garfios, todavía enredado en el pie de la prisionera, con el cual lo había arrojado de una patada.
A pesar de los reflejos de la cruel líder, el arma alcanzó a salpicarle sangre en su rostro, en el cachete contrario a donde le habían escupido con anterioridad.

Perpleja, Sentzu centró su atención en la cautiva, todavía con su sonrisa burlona, riéndose cada vez más y más demente, carcajadas maniacas y sus ojos desafiantes, aumentando el nerviosismo de los cazadores y provocándole escalofríos a la mujer que fracasó en imponerle un miedo similar.

Expresó Janie con sus enrojecidos dientes, su mirada ensombrecida posada sobre su verduga, todo su cuerpo colgante y ensangrentado, carente de más fuerza que la última que desplegó.

Sentzu se acercó a ella a grandes zancadas, indignada, y tirando la inmunda cuchilla ensangrentada, le propinó un poderoso puñetazo en el estómago, lo que la envió a volar lejos del agarre de sus captores, quienes estaban muy atemorizados para sujetarla bien.

Al tocar el suelo, un grupo de cazadores se dio prisa para recogerla y ponerla a salvo en una camilla, llevándosela con premura a la luz verde que desplegaba el insecto gigante.

Pero eso no bastó para la joven General Sentzu, quien elevó ambas manos en el aire frente a sí, haciendo retroceder a sus subordinados, por temor a lo que haría.
En segundos, con una luz azul que cubrió sus brazos, sacó un par de cuchillas, que parecían estar unidas a su propia carne y piel, y terminaban en una forma de garfio.

Aquello hizo retroceder a unos cuantos cazadores, mientras otros simplemente estaban muy estupefactos para moverse ante el inminente ataque de su iracunda líder, quien ya se lanzaba contra ellos, armas listas para rebanar y efectuar una masacre rampante.

De los muchos cazadores que tuvieron el desfortunio de quedarse hasta el final junto a su líder, ninguno seguía en pie cuando decidió dar fin a su ataque genocida. Alrededor de la bestial general yacía un tapete de cuerpos, cuya sangre creaba una profunda charca a sus pies y manchaba su rostro.

Todavía agitándose de furia, Sentzu dirigió una última mirada a la otra mitad de cazadores que transportaban a Janie hasta el rayo, desapareciendo en él.
Luego se limpió el rostro con la ropa de un subordinado caído y su enfurecido semblante cambió en un instante, exhibiendo la misma sonrisa cruel de antes.

Limpió luego sus armas y en otro flash luminoso color verde, volvieron a ser manos.

Con un ápice de esperanza en la voz, emprendió su camino rumbo a aquel misterioso rayo luminoso, desvaneciéndose en él también.

Habiendo absorbido a todos los vivos en su interior, el insecto alado surcó el cielo una vez más, mientras desaparecía en la lejanía, el sol metiéndose a su derecha e iluminando con sus últimos tonos anaranjados el tranquilo bosque, la majestuosa Universidad, y el baño de sangre que manchaba tan maravilloso paisaje, un testimonio fidedigno de los hechos que violaron la paz de aquél santuario olvidado.

Aquellos destellos del atardecer también revelaron algo más, al reflejare en una escurridiza superficie metálica que se desplazaba por el campo.
Al salir al último claro de luz, se reveló como un pequeño individuo humanoide, similar en proporciones a un niño de entre 10 y 13 años, pero descarnado hasta los huesos y tendones, los cuales parecían compuestos de materiales inorgánicos plásticos y metálicos, dando la desconcertante ilusión de ser un esqueleto viviente.

Observaba los campos ensangrentados, con expresión indiferente, inclusive caminando por encima de los cuerpos sin vida de los infelices cazadores víctimas de su obediente sumisión.

Ignorando completamente la mórbida escena, se agachó entre unos matorrales y recogió un libro, algo roto pero aún encuadernado.

Su voz sonaba electrónica, seca e inhumana. Lo guardó entre sus metálicos huesos y huyó corriendo con un vaivén mecánico que hacían pensar en amortiguadores y resortes hidráulicos. Así, desapareció en el interior de aquél misterioso e intrigante bosque.
La oscuridad cayó finalmente y la conmoción del día fue reemplazada por el cantar de grillos y la calma del viento nocturno soplando entre las copas de los árboles.



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Mary D Kidd

Una misteriosa creativa dispuesta a dejar sus ideas salir y tomar control del mundo. Preparada siempre para innovar ;D

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